miércoles, 4 de marzo de 2026

guardo en mí el mundo que yo solo conozco

los remolinos en los músculos colisionan,
activando una señal que prolifera como un piedrazo en la sangre
cuya estela comerá parte de la orilla.

la cervical se siente distinta,
pica la inquietud de un caos pasado,
mientras los vidrios se empañan del vapor que exudan los jadeos del mundo entredormido.

tracé respiros míos
golpeando en clave lúdica
los límites de un espejo deformante; vi las mejillas acurrucadas
a una humedad intransitable, cuyo espesor mataba el aire de los cañones
bajo los ojos. una mecha sin lumbre bailaba entre los espacios de los dientes.
las palabras nacían todas hacinadas y de corrido. sin pólvora, más bien a la deriva. 

la fricción de la torpeza vuelve una tarea imposible desatar el nudo
que me sujeta y me arrastra, de lado a lado -cual péndulo-, entre la atrocidad y el aburrimiento.
dilatar los ojos hasta casi acariciar el punto del hervor, desmorona la cultivada belleza del cotidiano.
ahí, el fogonazo de una sensibilidad insólita
es rápidamente aplacado por la hostilidad de las alcantarillas.

las manos que transmiten el aroma a menta al rostro
son las mismas que se apoyan en los pliegues de metal emparchados de grasa
para empujar la carrocería. el apuro disuelve
el cónclave. la rotación sigue su curso. una moción de orden
que comienza con una onomatopeya. la reiteración agota.
la frustración chasquea contra el suelo y vuela un cascarudo en mil pedazos.
afuera hacen veintiséis grados.

las conversaciones se entregan al desenfreno,
una sábana que se contrae y expande según el viento de lo posible.
es refugio temporal la lentitud con la que el mensaje comienza a perderse,
mientras el ritmo con el que escalan los malentendidos
va zurciendo el cuerpo desde abajo. 

entre lo perdido y lo encontrado, se encuentra el percutor de la reincidencia.
encallar en un mar de hueso. tensar la nuca
y mantener una postura erguida. tapar el nervio con el índice como pisando una manguera.
desconozco el origen de la práctica. la permanencia es costumbre
e ignora las transformaciones de la técnica. 

unos pies que se saben fríos,
un movimiento ensayado que reviste de color la piel. la imposibilidad
de tocar el ruido se choca con su abrazo, ineludible. no hay más que abandono
a través de la óptica del castigo. no hay gentileza
que esté al servicio de todos. no hay motor que irrigue cariño infinito.

me aterra no tener la fuerza de creer en algo extravagante cuando ya no quede nada más en que creer.

espero al momento en que cedan las paredes de aire,
este lugar pronto será diminuto.

jueves, 29 de enero de 2026

dos caballos descansan sus cabezas en el cuello del otro

un paseo
entre los accidentes

las sombras de verano
se alargan hasta enredarse
en las limitaciones del deseo.

el hambre constriñe el movimiento
¿qué tan cerca estuvo mi mano de alcanzarte?

la discusión se preserva a lo largo de las eras
los jejenes vuelan en cursiva
mi dedo empuja el aire,
marcando la puntuación.

decidí equivocarme
y dejar que las formas que memorizamos
se entrometan en mis sueños.

los restos del almuerzo
custodiados por una comitiva
de vuelo pesado. el centro de gravedad de las frutas
devorado en espiral
desde adentro. el sudor,
el frío.

un ojo se esconde bajo la sombra del otro,
sórdida aleación de costumbre y derrota
para sostener la función
incluso después de que la risa haya muerto.

no sé en cuál de todos los rostros debería esconderme,
repasando los pliegues para dar con la mueca exacta
para soplar aire en la boca de la asfixia.

tengo que remover
lo que pedí prestado
impugnar el cariño
olvidar los secretos
disecar las costumbres
encriptar los deseos,
condensar el terror
de ser grito
y eco.

elijo entre los penitentes
una confesión para vestir
un nido para descansar
una pared para escalar descalzo.

mío es el orden de los cortes,
pero para qué seguir corriendo.
el horizonte es dos metros más allá,
pantano antibacterial,
no hay otro rumbo.

intenté ser
discreta silueta
moviéndome detrás de
las máscaras de los inmortales,
infinitamente sucio
por la cera que pesa en las muñecas
cansadas de esperar el milagro que nunca vino.

las siestas en los agujeros donde morían las cortinas,
el barco, la miel, la bolsa con las compras del día,
la suavidad tendida de la que fui testigo

los observadores se encomendaron a dios
las luces brotaron de los márgenes
entre chasquidos de humedad
quimera, danza pasión
el aroma indescifrable
de un cubo de niebla.  

las bocas nacían y morían
después de los reflejos,
entre las tanzas de oro
y las malas posturas,
mientras los ojos de ceibo
y los hijos de la estepa,
mantenían aquella simpatía irrevocable.

confeccioné armaduras horrendas
como defensa disociativa,
labrando la punta del alfiler
para enhebrar, picar o matar
a conveniencia

domestiqué la imagen
deformando los ataques,
doblando la luz. residuos de tensión,
sonajero de arritmias. qué es este calor.
el anhelo hacia el confort,
solo quiero estar presente.

un abanico de ligamentos tira de un collar
que todavía no es el mío
pero cuando llegue la hora
sabré estar listo para rechazar el llamado a la curiosidad
de saber que se siente ser olvidado.

nos vemos en el próximo mundo
no llegues tarde.