jueves, 29 de enero de 2026

dos caballos descansan sus cabezas en el cuello del otro

un paseo
entre los accidentes

las sombras de verano
se alargan hasta enredarse
en las limitaciones del deseo.

el hambre constriñe el movimiento
¿qué tan cerca estuvo mi mano de alcanzarte?

la discusión se preserva a lo largo de las eras
los jejenes vuelan en cursiva
mi dedo empuja el aire,
marcando la puntuación.

decidí equivocarme
y dejar que las formas que memorizamos
se entrometan en mis sueños.

los restos del almuerzo
custodiados por una comitiva
de vuelo pesado. el centro de gravedad de las frutas
devorado en espiral
desde adentro. el sudor,
el frío.

un ojo se esconde bajo la sombra del otro,
sórdida aleación de costumbre y derrota
para sostener la función
incluso después de que la risa haya muerto.

no sé en cuál de todos los rostros debería esconderme,
repasando los pliegues para dar con la mueca exacta
para soplar aire en la boca de la asfixia.

tengo que remover
lo que pedí prestado
impugnar el cariño
olvidar los secretos
disecar las costumbres
encriptar los deseos,
condensar el terror
de ser grito
y eco.

elijo entre los penitentes
una confesión para vestir
un nido para descansar
una pared para escalar descalzo.

mío es el orden de los cortes,
pero para qué seguir corriendo.
el horizonte es dos metros más allá,
pantano antibacterial,
no hay otro rumbo.

intenté ser
discreta silueta
moviéndome detrás de
las máscaras de los inmortales,
infinitamente sucio
por la cera que pesa en las muñecas
cansadas de esperar el milagro que nunca vino.

las siestas en los agujeros donde morían las cortinas,
el barco, la miel, la bolsa con las compras del día,
la suavidad tendida de la que fui testigo

los observadores se encomendaron a dios
las luces brotaron de los márgenes
entre chasquidos de humedad
quimera, danza pasión
el aroma indescifrable
de un cubo de niebla.  

las bocas nacían y morían
después de los reflejos,
entre las tanzas de oro
y las malas posturas,
mientras los ojos de ceibo
y los hijos de la estepa,
mantenían aquella simpatía irrevocable.

confeccioné armaduras horrendas
como defensa disociativa,
labrando la punta del alfiler
para enhebrar, picar o matar
a conveniencia

domestiqué la imagen
deformando los ataques,
doblando la luz. residuos de tensión,
sonajero de arritmias. qué es este calor.
el anhelo hacia el confort,
solo quiero estar presente.

un abanico de ligamentos tira de un collar
que todavía no es el mío
pero cuando llegue la hora
sabré estar listo para rechazar el llamado a la curiosidad
de saber que se siente ser olvidado.

nos vemos en el próximo mundo
no llegues tarde.

lunes, 29 de diciembre de 2025

buenas noches adiós hasta pronto

contraer la conversación
hasta transformarla en oleadas
cuya rompiente se encuentre en el centro de las palmas,
los dedos esperan que el agua se pique para anclarse entre los espacios
y así mezclar las cartas, buscando evitar derramar la suerte
en aquel despistado que, por estrangular las coordenadas de su vaso,
se inunda los mocasines, volviéndose un punto ciego para los extraños. 

el sabor de la libertad por vía de la vergüenza
es añejo y pasa inadvertido, casi sin tocar los dientes
para congelarse a la mañana siguiente
a medio camino, bordeando las mejillas.

asombros angelados
buscan descifrar la belleza
bajo estrobos; labrando los hielos
colisión mediante, el amor o el altercado
ambos nacen del choque entre dos pechos.

danza troquel,
los idiomas fugaces
reparten la dulzura entre las bocas
y el suelo que cobija las canciones apisonadas.

súbito raspe
chispa indómita
el éxtasis,
los hijos del óxido ríen rojo,
mientras los nudillos se descarnan
por intentar conciliar la oscuridad.

el corazón tantea el cuadrilátero
atajando los embates de la humedad,
una vez agotados los abrazos
solo quedará hacer puente
y agazaparse en la esquina roja para esperar el derrumbe.

se que existe más que los nombres que conozco
pudiera yo preservarme tanto
a veces quisiera
insistir más allá de lo que me da el cuero
y sostenerme por fuera del desarmadero de pernoctes
que hace que la piel esquive lo concreto.  

dirás vos
donde caer
después de rendirme,
peregrinar por la misma escalera desteñida por mi espalda
y fundirme a una cruz que sea solo mía 

y salir y ver el sol 

y salir y ver la noche 

y saber que estoy acá,
como todo el mundo al lado mío.

domingo, 28 de diciembre de 2025

preservación de la amabilidad que existe en el sinsentido

lamento bruto
encastrado en extravío
el eco que da en la nota quiebra
lo que escupe el cuidado,
el llanto de una runfla de soñadores
que para navidad
solo piden un rinconcito 
del pesebre donde echarse
a dormitar.

mediante danza
los despiertos adiestran a los lobos,
mientras que los encargados de reventar las estrellas
se apoyan en las sombras de una noche
que es una pata de aguara guazú
comprimiendo el pecho de la aldea.

le dicen adiós a sus manos
para perderlas en algo en lo que puedan creer,
el olor de los dientes chamuscados
deja una estela como alas
en la retaguardia
de la armada de los confundidos.

retomar la marcha,
la única herencia de la perseverancia
es ejercerla a pesar de los párpados desfondándose por los cortes.

el nudo como prevención
aprieta los nervios y eriza el sarro de los dientes

el instinto de los labios es embolsar el dolor,
la respuesta de los alabarderos que viven colgados de las encías
es cartografiar con sus lanzas el lado más blando de la carne

para que aquellos a quienes les queda fuerza en la cervical para alzar la vista
tengan un rastro que los devuelva a donde pertenecen.

el duelo constante de saberse albergue de hostilidad
el agujero en el techo, la caldera del estómago inundada
empuja el calor hacia arriba y no abriga
solo quema. las semánticas del dolor
las semejanzas en los tactos,
burlas concentradas
en un llanto
que entrecorta el aire que busca
un lugar dentro del pecho de donde sostenerse
y solo resbala hasta empujar al resto del cuerpo
a plegarse sobre si mismo en el medio de la celebración, a la vista de todos.

una tormenta
atrajo a los moluscos
que se pegaron a las orejas
creyendo que eran cunas

si corro por la orilla hasta cansarme,
desearía ser arrastrado por la corriente
hasta dar con un oído al que pueda abrazarme
y escuchar,
en silencio.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

de como reparar la voluntad de querer volver a abrir los ojos

tomé prestado
el destello del sol
para cauterizar la herida
de la sentencia
antes que la espada
imparta su juicio.

la densidad de las máscaras
el relieve combate braceadas,
los mecanismos de la memoria
empujan la costa cada vez más lejos.

hondo en la pila de perfiles,
las voces del futuro se pliegan
en pequeños animales enfermos
pastando en donde todavía
crece la piedad.

ante todo, menos que nada.

espinas sin filo
apenas si raspan la ración del mediodía,
entre el esfuerzo, la voz morada intenta imaginar
lo que significaría
tener el valor de empujar la aguja
a fuerza de inquietud
para ver que hay más allá
de las costras de la ceguera.

sueño con lugares
donde no he de volver,
devorando el equilibrio
de las estructuras; el confort
del colapso endulza
las mejillas, mientras las manos
depositan un arreglo floral
en la cabeza de cada
cadáver descompuesto
al costado de la ruta.

suspirar antes de la súplica,
la renuncia a posteriori,
foco de emoción tribal,
una liebre asustada refuerza su madriguera desde adentro,
el río muda su caudal veinte centímetros a la izquierda
una familia que lo pierde todo, subastando sus voces.

espectrometría,
la fórmula habitual de contemplar la pieza a oscuras
son esas hormigas invisibles que marchan sobre tu mandíbula
y te hacen doblar el cuello
para prestarle atención a las pausas.

los sistemas cerrados tienden a desintegrarse en perfecto equilibrio,
la muerte del mundo a temperatura ambiente es una sala de espera
donde los demás esperan para reconocer lo que queda de vos.

los visitantes espolvorean círculos de azufre
para cuidarse de los otros; las rejas son anzuelos para los guardianes diezmados,
la luminaria pública esteriliza las grietas desde donde los pacientes diminutos
salen para acoplarse a la vida de nuevo.

en alguna parte mía
existe la fantasía de arrancarme parte por parte hasta ya no ser predecible en ningún aspecto,
el ruido de los sorbos de la sangre, compartida con cientos de iteraciones mías,
la replicación de un diálogo eterno que descansa sobre bases inamovibles,
pero que no se acerca ni un metro al cielo.

estoy seguro que si pudiera correr o liquidificar mi voz o hacer crecer mis huesos y donar los excedentes
o si pudiera darme vuelta los dientes, hacer un encordado de mis nervios y escribir una canción
o si pudiera montar guardia en la escasa espesura de mis ideas y ahuyentar a los cuatreros que me roban los momentos inmediatos,
o si pudiera dejar de olvidarme tanto o si pudiera encerrarme dentro de mis costillas cuando el miedo me apabulle o tener la suerte de saberme lo suficientemente liviano para dejarme caer y no seguir cayendo,
el día no terminaría tan temprano.

pero sé
que solo hay que
retener en el corazón
la seguridad de que todavía amamos este mundo. 

la ternura se irá perfeccionando a medida que nos acostumbremos a conmovernos de nuevo.


lunes, 8 de diciembre de 2025

los cardenales, los jazmines, los damascos y las chacareras

en bajada, se enredó la rabia que alcé por tu ausencia
con el miedo de saber que llegará el día que ya no te nombren.

furia doliente
de saberme fugaz
y partícipe, por consiguiente.

valgan los espasmos de mis huesos
para replicar los chasquidos
que en los días de antaño
me dejaban quieto
en el lugar.

de vos nació la primera fábula, de tu mano
aprendí a leer la tierra
que quedaba pegada al fondo de la pileta.
me sabía miedoso de los broncoespasmos del desagüe
y de los rituales de los bichos
pero vos me prestaste la tranquilidad para poder ser curioso

y así aprendí a ver
el rojo de la madera,
el espacio entre las vértebras
el aire que hacía caer las espaldas
de lleno en el sillón
para activar el mecanismo de las siestas
y la tarde que terminaba cayendo solo sobre mí.

había un cancionero que solo salía de noche
entre chispazos de fuego
que iluminaban los fierros de las reposeras
hundiéndose en el fondo de un patio eterno.

me arrepiento de haberme quedado tanto tiempo solo donde hacía pie
ahora también me falta el aire, pero ya no tengo el reflejo de un farol doblando sobre el plástico de una puerta que me avise que el día está terminando.

vos sabrás decirme, ¿hay un sol por el que valga la pena seguir viendo hacia arriba?

hoy solo tiemblo viendo como el cuerpo y la luz terminan por agotar los besos
ya no me quedan fantasías que ordenar
los escalones de madera me quedan chicos
y los libros se han escurrido
por debajo de la tierra.

la pieza al fondo
me recuerda las siestas que dormía en el medio,
imprimiendo en mi piel los patrones de los cerámicos,
ya sé que se fueron hace mucho
pero los sigo recorriendo con el dedo, de memoria.

en la distancia me desenvuelvo,
me crece el silencio en el pecho
solo para ver si escucho un remanente de mi nombre dicho por tu voz.

sé que las palabras se caen
porque no hay estructura que aguante 
el embate del tiempo.

sé que no hay cuerpo que replique el abrazo que necesito ahora
pero si estás cansada, tenes que ir,
yo creo que puedo seguir un poco más.

viernes, 14 de noviembre de 2025

desfragmentar el terror

enclave sostenido,
retratos de orfandad que anidan sobre el borde
de tu mano y disloca las chances
el dolor frunce
el ardor que queda de paso,
la única certeza en el origen.

trazar la calma
es buscar el aire entre los racimos desguazados
mientras los tallos quedan encallados
en el principio de la anécdota.

repartir encantos
en biomas inhabitables,
las fábulas del asombro
hamacan los ojos
que encierran
la sombra de los charcos.

lo que sacude el cuerpo en el reverso de la noche,
esa herida que tuerce el nombre
y solo filtra lo que habita en el medio,
eso que solía estar a nuestro alcance
cuando la leña nueva encurtía nuestras manos
para la próxima helada.

las chispas brutas incitan mareos,
el triunfo asoma de la mano de los gusanos.
la viscosidad de un abrazo,
una boca volviéndose mil.

hace no tantas vidas
supimos trepar la densidad
buscando el nido de los rumores.

entre tanto, eclosionaban los disgustos desparramados en el ruido,
las tejedoras extendían el largo de un afecto y lo volvían un romance,
los caminantes buscaban el fondo moviéndose en círculos.
partí las maderas para decorar la cara interna de mis uñas
y rasguñé los arroyos
y doblé mi piel
y cuajé mi sangre.

la risa fue reliquia. las despedidas fueron mitos.

si deformo el entrecejo
sé que todavía sigo ahí.

la duda,
la fascinación
por el cobijo que hay en la posibilidad,
las alas enfermas,
el vuelo a pie.

lo silvestre se enreda en las hélices de las bordeadoras,
este es el momento antes de que un piedrazo lo duerma todo.

lunes, 13 de octubre de 2025

el filo del césped atravesando el vidrio de nuestro retrato

revestí las paredes de mis sueños buscando recrear la luz del sol que deformaba tu silueta,
la misma que secó el vinagre que volcamos junto a la almohada donde dormimos la primera siesta del verano.

dejé caer un manto de hojas sobre mis huesos,
el rebote del cobijo cambió la dirección del aire
desordenando las ausencias postizas.

recordé el abrazo que pudo haber sido.

el cuerpo, el tiempo como síntoma
el viento no sabe curar la piel irritada,
espanta a los bichos que buscan refugio
en los pulsos del dolor. 

corona de sal,
arruga de acero, cizaña rupestre.
apenas una desgracia a cuentagotas
la erosión del cuidado
sellado al vacío.

siempre envidié la astucia del deseo de saberse inalcanzable,
sublimándose apenas poco más allá de la punta de los dedos.

a veces
pienso en irme
al tiempo donde estallaron los vidrios
y los nombres estaban vivos.

esfumarme a las apuradas,
en el corazón de las corridas,
llevándome puesto al inquilino de la muchedumbre
que baldea de neurosis la vereda cada mediodía,
cuando los grillos se manifiestan en la patinada de las zapatillas
que redireccionan el pique para confabular el engaño. 

alejándome, todos los rostros son girasoles.
pienso en que me gustaría aprender a seguir los rastros que dejan los zorzales
para ver de cerca las grietas de la fauna de vidrio acobardada por la crecida del óxido.

el incesante canto de la baba,
el hambre se diluye en la presión de dos incisivos. 

las marcas en los cuellos de plástico,
no puedo volver a ensamblar lo que ya está roto.

intento dar hospicio a los restos en mis encías, entre mis dientes
tiñéndolos de un rojo más fuerte, mientras empujo el dolor hacia mi garganta.
las gárgaras de sangre,
la energía hidroeléctrica que se acumula en el buche
y se libera de la represa llevándose puesto un bosque entero.