miércoles, 22 de abril de 2026

tensión de rotura

el recuerdo que se olvida
agota la distracción que bordea el colapso.
no hay yeite que desarticule la urgencia,
solo la piedad puede envolver la furia
para entibiar las ansias del desastre,
de lo súbito. el deseo de cristalizarse en la euforia
se entiende porque del después solo queda el afloje del cuerpo,
el balanceo de la culpa en los temblores de unas manos que juegan
a ser ajenas por conveniencia. los páramos de saberse inhabitable.

alguna vez busqué moverme entre estelas,
estar un poco en todos lados sin proyectar sombra que corte el viento.
así fuera seca, aire condensado, dibujo de un abanico de dedos aburridos en la ventanilla,
los pisos ocultos hasta llegar al departamento, o esa hendidura bajo la cama que solo se percibe
cuando la angustia pesa tanto que solo se puede escanear el mundo desde el horizonte inmediato. 

la saturación del lenguaje,
la sutura de las letras en afán de recomponerlas en un molde que encajen. todo sea
para contener el caos que se sucede cuando el ritmo se descompone. la intriga,
precursora del deseo. el asombro del color del primer mediodía que recuerdo.
aterra la posibilidad de saberse vulnerable. sofocarse
atraer aves vía arcadas, con el pecho corrido de lugar
y los hombros cansados de intentar
despegarse del piso.

a través de lo traslúcido de las alas, recolecté relatos
vicios como dádivas, renuncias de semanas enteras.
el cuerpo postergado con la única expectativa puesta en la estampita de un beso pixelado.
diez años de mala suerte
habrán de encontrarme en el mismo lugar que ahora,
vulnerando la empalizada de remedios en la cámara de mi estómago que anuda la cola de todas mis úlceras
que, como ratas cardinales, desean emular la fachada de la rosa de los vientos. 

la belleza de estar equivocado,
la paciencia que conlleva sobrevivir, el amor que entorpece la dicción.
de lo más querido solo quedará el futuro.

lo tuve todo para hacer y deshacer un mundo
mil veces, dos músculos prensándose entre sí
la fusión en el desgaste, aquel contacto,
aquel terror que nace de llevar la sordera a cuestas
y que empuja a las adivinanzas a sacarse filo entre sí para iluminar la tardanza
con la que me habré de apresurar al descenso.

quiero aquella quietud que significa reservar la intimidad de lo devastador
solo para mi. orientar con una caricia a las cicatrices desparramadas en mi cuerpo
que buscan embarcarse en mi piel para volver a unirse. la fricción de un beso,
los ámbitos en los que la suavidad se extingue. los anhelos de querer poder
hacer algo con lo que otros ya hicieron de mi. aspiro a ser, en el corazón de todos los que me quisieron,
al menos una memoria borrosa que de un poco de calor. gracias por casi todo.

los receptores no se recalibran en el momento exacto.
para entonces ya es tarde, la mala decodificación
parece reafirmar una bravura impostada
que no está preparada para enfrentar el territorio dispuesto para lo imprevisible.

la suplencia de los suspiros. la búsqueda de un hogar adecuado.
un dolor sin nombre que aflige todos los pechos
veinte metros a la redonda. el parietal derecho descompuesto,
los dientes sagrados chasqueando en el cordón de la vereda.
no hay quien se atreva a levantar la mirada
por el temor a saberse abandonado.

inquietos, los nadies
piden más. afuera, el ruido
lesiona. las disputas de reserva,
lo que no debe ser nombrado. demasiado cerca,
aun así es tarde. perdí algo en medio de la noche.
el mundo va a seguir apagándose lo mismo. homenajes intermitentes.
ojalá mañana encandilarme y frotarme los ojos
hasta saberme vivo.


miércoles, 4 de marzo de 2026

guardo en mí el mundo que yo solo conozco

los remolinos en los músculos colisionan,
activando una señal que prolifera como un piedrazo en la sangre
cuya estela comerá parte de la orilla.

la cervical se siente distinta,
pica la inquietud de un caos pasado,
mientras los vidrios se empañan del vapor que exudan los jadeos del mundo entredormido.

tracé respiros míos
golpeando en clave lúdica
los límites de un espejo deformante; vi las mejillas acurrucadas
a una humedad intransitable, cuyo espesor mataba el aire de los cañones
bajo los ojos. una mecha sin lumbre bailaba entre los espacios de los dientes.
las palabras nacían todas hacinadas y de corrido. sin pólvora, más bien a la deriva. 

la fricción de la torpeza vuelve una tarea imposible desatar el nudo
que me sujeta y me arrastra, de lado a lado -cual péndulo-, entre la atrocidad y el aburrimiento.
dilatar los ojos hasta casi acariciar el punto del hervor, desmorona la cultivada belleza del cotidiano.
ahí, el fogonazo de una sensibilidad insólita
es rápidamente aplacado por la hostilidad de las alcantarillas.

las manos que transmiten el aroma a menta al rostro
son las mismas que se apoyan en los pliegues de metal emparchados de grasa
para empujar la carrocería. el apuro disuelve
el cónclave. la rotación sigue su curso. una moción de orden
que comienza con una onomatopeya. la reiteración agota.
la frustración chasquea contra el suelo y vuela un cascarudo en mil pedazos.
afuera hacen veintiséis grados.

las conversaciones se entregan al desenfreno,
una sábana que se contrae y expande según el viento de lo posible.
es refugio temporal la lentitud con la que el mensaje comienza a perderse,
mientras el ritmo con el que escalan los malentendidos
va zurciendo el cuerpo desde abajo. 

entre lo perdido y lo encontrado, se encuentra el percutor de la reincidencia.
encallar en un mar de hueso. tensar la nuca
y mantener una postura erguida. tapar el nervio con el índice como pisando una manguera.
desconozco el origen de la práctica. la permanencia es costumbre
e ignora las transformaciones de la técnica. 

unos pies que se saben fríos,
un movimiento ensayado que reviste de color la piel. la imposibilidad
de tocar el ruido se choca con su abrazo, ineludible. no hay más que abandono
a través de la óptica del castigo. no hay gentileza
que esté al servicio de todos. no hay motor que irrigue cariño infinito.

me aterra no tener la fuerza de creer en algo extravagante cuando ya no quede nada más en que creer.

espero al momento en que cedan las paredes de aire,
este lugar pronto será diminuto.

jueves, 29 de enero de 2026

dos caballos descansan sus cabezas en el cuello del otro

un paseo
entre los accidentes

las sombras de verano
se alargan hasta enredarse
en las limitaciones del deseo.

el hambre constriñe el movimiento
¿qué tan cerca estuvo mi mano de alcanzarte?

la discusión se preserva a lo largo de las eras
los jejenes vuelan en cursiva
mi dedo empuja el aire,
marcando la puntuación.

decidí equivocarme
y dejar que las formas que memorizamos
se entrometan en mis sueños.

los restos del almuerzo
custodiados por una comitiva
de vuelo pesado. el centro de gravedad de las frutas
devorado en espiral
desde adentro. el sudor,
el frío.

un ojo se esconde bajo la sombra del otro,
sórdida aleación de costumbre y derrota
para sostener la función
incluso después de que la risa haya muerto.

no sé en cuál de todos los rostros debería esconderme,
repasando los pliegues para dar con la mueca exacta
para soplar aire en la boca de la asfixia.

tengo que remover
lo que pedí prestado
impugnar el cariño
olvidar los secretos
disecar las costumbres
encriptar los deseos,
condensar el terror
de ser grito
y eco.

elijo entre los penitentes
una confesión para vestir
un nido para descansar
una pared para escalar descalzo.

mío es el orden de los cortes,
pero para qué seguir corriendo.
el horizonte es dos metros más allá,
pantano antibacterial,
no hay otro rumbo.

intenté ser
discreta silueta
moviéndome detrás de
las máscaras de los inmortales,
infinitamente sucio
por la cera que pesa en las muñecas
cansadas de esperar el milagro que nunca vino.

las siestas en los agujeros donde morían las cortinas,
el barco, la miel, la bolsa con las compras del día,
la suavidad tendida de la que fui testigo

los observadores se encomendaron a dios
las luces brotaron de los márgenes
entre chasquidos de humedad
quimera, danza pasión
el aroma indescifrable
de un cubo de niebla.  

las bocas nacían y morían
después de los reflejos,
entre las tanzas de oro
y las malas posturas,
mientras los ojos de ceibo
y los hijos de la estepa,
mantenían aquella simpatía irrevocable.

confeccioné armaduras horrendas
como defensa disociativa,
labrando la punta del alfiler
para enhebrar, picar o matar
a conveniencia

domestiqué la imagen
deformando los ataques,
doblando la luz. residuos de tensión,
sonajero de arritmias. qué es este calor.
el anhelo hacia el confort,
solo quiero estar presente.

un abanico de ligamentos tira de un collar
que todavía no es el mío
pero cuando llegue la hora
sabré estar listo para rechazar el llamado a la curiosidad
de saber que se siente ser olvidado.

nos vemos en el próximo mundo
no llegues tarde.

lunes, 29 de diciembre de 2025

buenas noches adiós hasta pronto

contraer la conversación
hasta transformarla en oleadas
cuya rompiente se encuentre en el centro de las palmas,
los dedos esperan que el agua se pique para anclarse entre los espacios
y así mezclar las cartas, buscando evitar derramar la suerte
en aquel despistado que, por estrangular las coordenadas de su vaso,
se inunda los mocasines, volviéndose un punto ciego para los extraños. 

el sabor de la libertad por vía de la vergüenza
es añejo y pasa inadvertido, casi sin tocar los dientes
para congelarse a la mañana siguiente
a medio camino, bordeando las mejillas.

asombros angelados
buscan descifrar la belleza
bajo estrobos; labrando los hielos
colisión mediante, el amor o el altercado
ambos nacen del choque entre dos pechos.

danza troquel,
los idiomas fugaces
reparten la dulzura entre las bocas
y el suelo que cobija las canciones apisonadas.

súbito raspe
chispa indómita
el éxtasis,
los hijos del óxido ríen rojo,
mientras los nudillos se descarnan
por intentar conciliar la oscuridad.

el corazón tantea el cuadrilátero
atajando los embates de la humedad,
una vez agotados los abrazos
solo quedará hacer puente
y agazaparse en la esquina roja para esperar el derrumbe.

se que existe más que los nombres que conozco
pudiera yo preservarme tanto
a veces quisiera
insistir más allá de lo que me da el cuero
y sostenerme por fuera del desarmadero de pernoctes
que hace que la piel esquive lo concreto.  

dirás vos
donde caer
después de rendirme,
peregrinar por la misma escalera desteñida por mi espalda
y fundirme a una cruz que sea solo mía 

y salir y ver el sol 

y salir y ver la noche 

y saber que estoy acá,
como todo el mundo al lado mío.

domingo, 28 de diciembre de 2025

preservación de la amabilidad que existe en el sinsentido

lamento bruto
encastrado en extravío
el eco que da en la nota quiebra
lo que escupe el cuidado,
el llanto de una runfla de soñadores
que para navidad
solo piden un rinconcito 
del pesebre donde echarse
a dormitar.

mediante danza
los despiertos adiestran a los lobos,
mientras que los encargados de reventar las estrellas
se apoyan en las sombras de una noche
que es una pata de aguara guazú
comprimiendo el pecho de la aldea.

le dicen adiós a sus manos
para perderlas en algo en lo que puedan creer,
el olor de los dientes chamuscados
deja una estela como alas
en la retaguardia
de la armada de los confundidos.

retomar la marcha,
la única herencia de la perseverancia
es ejercerla a pesar de los párpados desfondándose por los cortes.

el nudo como prevención
aprieta los nervios y eriza el sarro de los dientes

el instinto de los labios es embolsar el dolor,
la respuesta de los alabarderos que viven colgados de las encías
es cartografiar con sus lanzas el lado más blando de la carne

para que aquellos a quienes les queda fuerza en la cervical para alzar la vista
tengan un rastro que los devuelva a donde pertenecen.

el duelo constante de saberse albergue de hostilidad
el agujero en el techo, la caldera del estómago inundada
empuja el calor hacia arriba y no abriga
solo quema. las semánticas del dolor
las semejanzas en los tactos,
burlas concentradas
en un llanto
que entrecorta el aire que busca
un lugar dentro del pecho de donde sostenerse
y solo resbala hasta empujar al resto del cuerpo
a plegarse sobre si mismo en el medio de la celebración, a la vista de todos.

una tormenta
atrajo a los moluscos
que se pegaron a las orejas
creyendo que eran cunas

si corro por la orilla hasta cansarme,
desearía ser arrastrado por la corriente
hasta dar con un oído al que pueda abrazarme
y escuchar,
en silencio.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

de como reparar la voluntad de querer volver a abrir los ojos

tomé prestado
el destello del sol
para cauterizar la herida
de la sentencia
antes que la espada
imparta su juicio.

la densidad de las máscaras
el relieve combate braceadas,
los mecanismos de la memoria
empujan la costa cada vez más lejos.

hondo en la pila de perfiles,
las voces del futuro se pliegan
en pequeños animales enfermos
pastando en donde todavía
crece la piedad.

ante todo, menos que nada.

espinas sin filo
apenas si raspan la ración del mediodía,
entre el esfuerzo, la voz morada intenta imaginar
lo que significaría
tener el valor de empujar la aguja
a fuerza de inquietud
para ver que hay más allá
de las costras de la ceguera.

sueño con lugares
donde no he de volver,
devorando el equilibrio
de las estructuras; el confort
del colapso endulza
las mejillas, mientras las manos
depositan un arreglo floral
en la cabeza de cada
cadáver descompuesto
al costado de la ruta.

suspirar antes de la súplica,
la renuncia a posteriori,
foco de emoción tribal,
una liebre asustada refuerza su madriguera desde adentro,
el río muda su caudal veinte centímetros a la izquierda
una familia que lo pierde todo, subastando sus voces.

espectrometría,
la fórmula habitual de contemplar la pieza a oscuras
son esas hormigas invisibles que marchan sobre tu mandíbula
y te hacen doblar el cuello
para prestarle atención a las pausas.

los sistemas cerrados tienden a desintegrarse en perfecto equilibrio,
la muerte del mundo a temperatura ambiente es una sala de espera
donde los demás esperan para reconocer lo que queda de vos.

los visitantes espolvorean círculos de azufre
para cuidarse de los otros; las rejas son anzuelos para los guardianes diezmados,
la luminaria pública esteriliza las grietas desde donde los pacientes diminutos
salen para acoplarse a la vida de nuevo.

en alguna parte mía
existe la fantasía de arrancarme parte por parte hasta ya no ser predecible en ningún aspecto,
el ruido de los sorbos de la sangre, compartida con cientos de iteraciones mías,
la replicación de un diálogo eterno que descansa sobre bases inamovibles,
pero que no se acerca ni un metro al cielo.

estoy seguro que si pudiera correr o liquidificar mi voz o hacer crecer mis huesos y donar los excedentes
o si pudiera darme vuelta los dientes, hacer un encordado de mis nervios y escribir una canción
o si pudiera montar guardia en la escasa espesura de mis ideas y ahuyentar a los cuatreros que me roban los momentos inmediatos,
o si pudiera dejar de olvidarme tanto o si pudiera encerrarme dentro de mis costillas cuando el miedo me apabulle o tener la suerte de saberme lo suficientemente liviano para dejarme caer y no seguir cayendo,
el día no terminaría tan temprano.

pero sé
que solo hay que
retener en el corazón
la seguridad de que todavía amamos este mundo. 

la ternura se irá perfeccionando a medida que nos acostumbremos a conmovernos de nuevo.


lunes, 8 de diciembre de 2025

los cardenales, los jazmines, los damascos y las chacareras

en bajada, se enredó la rabia que alcé por tu ausencia
con el miedo de saber que llegará el día que ya no te nombren.

furia doliente
de saberme fugaz
y partícipe, por consiguiente.

valgan los espasmos de mis huesos
para replicar los chasquidos
que en los días de antaño
me dejaban quieto
en el lugar.

de vos nació la primera fábula, de tu mano
aprendí a leer la tierra
que quedaba pegada al fondo de la pileta.
me sabía miedoso de los broncoespasmos del desagüe
y de los rituales de los bichos
pero vos me prestaste la tranquilidad para poder ser curioso

y así aprendí a ver
el rojo de la madera,
el espacio entre las vértebras
el aire que hacía caer las espaldas
de lleno en el sillón
para activar el mecanismo de las siestas
y la tarde que terminaba cayendo solo sobre mí.

había un cancionero que solo salía de noche
entre chispazos de fuego
que iluminaban los fierros de las reposeras
hundiéndose en el fondo de un patio eterno.

me arrepiento de haberme quedado tanto tiempo solo donde hacía pie
ahora también me falta el aire, pero ya no tengo el reflejo de un farol doblando sobre el plástico de una puerta que me avise que el día está terminando.

vos sabrás decirme, ¿hay un sol por el que valga la pena seguir viendo hacia arriba?

hoy solo tiemblo viendo como el cuerpo y la luz terminan por agotar los besos
ya no me quedan fantasías que ordenar
los escalones de madera me quedan chicos
y los libros se han escurrido
por debajo de la tierra.

la pieza al fondo
me recuerda las siestas que dormía en el medio,
imprimiendo en mi piel los patrones de los cerámicos,
ya sé que se fueron hace mucho
pero los sigo recorriendo con el dedo, de memoria.

en la distancia me desenvuelvo,
me crece el silencio en el pecho
solo para ver si escucho un remanente de mi nombre dicho por tu voz.

sé que las palabras se caen
porque no hay estructura que aguante 
el embate del tiempo.

sé que no hay cuerpo que replique el abrazo que necesito ahora
pero si estás cansada, tenes que ir,
yo creo que puedo seguir un poco más.