he abandonado decenas de réplicas de cuerpos míos
(ex-cuerpos)
en lugares en los que no reconozco haber estado.
me (he) visto (nido) de mugre,
los pelos que pierdo enredándose con las pestañas quemadas
mi espalda pegada de costras de pus oxidado a las sábanas incendiándose.
el dolor ya no es fobia
ver de frente a (mis) ojos sin brillo, los espejos muertos
polarizados de asco
son sinónimos de que me va faltando el aire,
que del hueco
mi pecho
cortado a la mitad, abierto el cielo
está ahí, ofreciéndose a las primeras manos que lo toquen.
he de torcer mis costillas como agujas de reloj
que den las cuatro y treinta y dos de la madrugada
y gritar
para convencerme de que puedo oírme, de que todavía puedo hablar
pero,
resoplar aire helado es anticipación a un letargo no anunciado
otra vez dormir,
mañana se puede probar otra vez
mañana cuando el el cielo me está viendo a través de mi mismo
cuando vea al cielo a través de lo que soy
cuando con un círculo de cigarrillos a medio terminar en un cenicero rebalsado
dibuje runas propias de un lenguaje inventado en sueños colectivos de aquellos que nunca he conocido
que reciten
los poemas ágrafos que nos conmueven tanto.
(desaparición críptica del signo)
la voz alejándose por vergüenza,
y solo el instinto
que prevalece
en un coro con los labios cocidos murmurando una melodía que se me hace un poco familiar
pero que no termino de reconocer del todo.
las quemaduras de sol en el invierno
y la automatización de estructuras
los caminos que nos conducen a donde ellos quieren.
la pérdida de voluntad en las edades de la deserción
anexo; en adhesión a las derrotas que hemos cosechado
se anuncian nuestros futuros por ventanilla
mientras las noches caen sobre el andén
llenándose de sombras sin rostro.
la sala de espera,
los anhelos en un tren con fallas eléctricas, vidrios negros
y los asientos de todos los vagones ocupados por la familia del maquinista,
velándolo.
el corazón y la poli(a)rritmia,
las huellas de alquitrán sobre el horizonte dan indicios de un incendio que lleva siglos ardiendo,
sirven aperitivos de kerosene y lejía que ofician de casualidad fortuita
el aliento azufre
y la acidez que nunca nos ha abandonado.
las ventanas se empañan,
los ojos cansados,
el tratamiento ludovico.
todos los vendedores ambulantes pregonando el descuento en deidades efímeras por docena
otros quienes ofrecen programas de doce pasos para lograr la bancarrota moral perfecta
hoy en día nos resulta muy elegante la idea del naufragio,
pero pararse al borde del abismo, al borde del mundo, al borde de la puerta principal de nuestra casa
o nuestra habitación
y desistir de dejarse caer
por creer poder encontrar otra manera de dejar de ver lo que ya tanto hemos visto
es la valentía que creemos poseer aun dentro nuestro disfrazada de una voluntad que parece no ser suficiente.
y la piel manchada
de plegarias sin respuesta siquiera de un mísero eco,
de un sol que parece caer sobre nosotros,
de un invierno nuclear dentro de nuestras casas,
de una tierra infértil,
de diálogos que deseamos haber establecido alguna vez,
de nombramientos inútiles,
de listados sin sentido,
de una sangre que no es nuestra,
manchada de jurar venganza hacia quienes nos han traicionado,
persiguiendo nuestra propia sombra.
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