el recuerdo que se olvida
agota la distracción que bordea el colapso.
no hay yeite que desarticule la urgencia,
solo la piedad puede envolver la furia
para entibiar las ansias del desastre,
de lo súbito. el deseo de cristalizarse en la euforia
se entiende porque del después solo queda el afloje del cuerpo,
el balanceo de la culpa en los temblores de unas manos que juegan
a ser ajenas por conveniencia. los páramos de saberse inhabitable.
alguna vez busqué moverme entre estelas,
estar un poco en todos lados sin proyectar sombra que corte el viento.
así fuera seca, aire condensado, dibujo de un abanico de dedos aburridos en la ventanilla,
los pisos ocultos hasta llegar al departamento, o esa hendidura bajo la cama que solo se percibe
cuando la angustia pesa tanto que solo se puede escanear el mundo desde el horizonte inmediato.
la saturación del lenguaje,
la sutura de las letras en afán de recomponerlas en un molde que encajen. todo sea
para contener el caos que se sucede cuando el ritmo se descompone. la intriga,
precursora del deseo. el asombro del color del primer mediodía que recuerdo.
aterra la posibilidad de saberse vulnerable. sofocarse
atraer aves vía arcadas, con el pecho corrido de lugar
y los hombros cansados de intentar
despegarse del piso.
a través de lo traslúcido de las alas, recolecté relatos
vicios como dádivas, renuncias de semanas enteras.
el cuerpo postergado con la única expectativa puesta en la estampita de un beso pixelado.
diez años de mala suerte
habrán de encontrarme en el mismo lugar que ahora,
vulnerando la empalizada de remedios en la cámara de mi estómago que anuda la cola de todas mis úlceras
que, como ratas cardinales, desean emular la fachada de la rosa de los vientos.
la belleza de estar equivocado,
la paciencia que conlleva sobrevivir, el amor que entorpece la dicción.
de lo más querido solo quedará el futuro.
lo tuve todo para hacer y deshacer un mundo
mil veces, dos músculos prensándose entre sí
la fusión en el desgaste, aquel contacto,
aquel terror que nace de llevar la sordera a cuestas
y que empuja a las adivinanzas a sacarse filo entre sí para iluminar la tardanza
con la que me habré de apresurar al descenso.
quiero aquella quietud que significa reservar la intimidad de lo devastador
solo para mi. orientar con una caricia a las cicatrices desparramadas en mi cuerpo
que buscan embarcarse en mi piel para volver a unirse. la fricción de un beso,
los ámbitos en los que la suavidad se extingue. los anhelos de querer poder
hacer algo con lo que otros ya hicieron de mi. aspiro a ser, en el corazón de todos los que me quisieron,
al menos una memoria borrosa que de un poco de calor. gracias por casi todo.
los receptores no se recalibran en el momento exacto.
para entonces ya es tarde, la mala decodificación
parece reafirmar una bravura impostada
que no está preparada para enfrentar el territorio dispuesto para lo imprevisible.
la suplencia de los suspiros. la búsqueda de un hogar adecuado.
un dolor sin nombre que aflige todos los pechos
veinte metros a la redonda. el parietal derecho descompuesto,
los dientes sagrados chasqueando en el cordón de la vereda.
no hay quien se atreva a levantar la mirada
por el temor a saberse abandonado.
inquietos, los nadies
piden más. afuera, el ruido
lesiona. las disputas de reserva,
lo que no debe ser nombrado. demasiado cerca,
aun así es tarde. perdí algo en medio de la noche.
el mundo va a seguir apagándose lo mismo. homenajes intermitentes.
ojalá mañana encandilarme y frotarme los ojos
hasta saberme vivo.
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