debería atravesar
curvaturas frenéticas, de nuevo
debería tocarme la punta de mis pies,
verlas en llamas, para cerciorarme que estoy despierto.
debería perder la costumbre de no dejar huella,
¿debería permitirme el derrumbe de mi ambición?
esto es mío.
esto es mío,
y de nadie más,
pero la quemadura es contorno,
el porcelanato,
reducto de órgano
de gigante antiguo.
sabes,
el tacto no es arma, sino aroma
el fuego blanco entibiece el cielorraso de las fauces
la campana se toca tres veces,
nos damos la paz.
¿a quién toca adorar hoy?
debería disecarme,
ver que llevo dentro
debería escribir mensajes, darme una razón por la cual seguir acá.
debería entender las medidas del lenguaje,
algo así como
crear un juego mecánico
resguardar mi pecho con un arnés,
e ignorar que la protección es inútil cuando el motor está helado.
podría preguntarte: ¿dónde ocultaste tu valentía?
solías protegerme de lo mítico,
narrarme las historias que crearon décadas,
cultivar aquellos campos de arroz que parecían alfombras, en sueños .
era tradición tuya:
la instrucción a los pescadores ancianos,
el hurto de los huevecillos de araña
y la confección de velas de seda que soportaran el diluvio.
¿podrías volver a decirme que es lo que está bien?
¿podrías maniobrar el deseo?
¿hacérmelo llegar, quizás?
o arrimarlo lo suficientemente cerca para que pueda tomarlo.
aunque siento que debería dejar que la única labor de las manos
sea la de aferrarse entre sí,
al menos por un tiempo.
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