nos encontramos
donde el techo derrotado se abraza de nuestros tobillos,
donde a los árboles les sobra la piel
y donde, alguna vez, se nos fugaron las presencias.
con las sombras,
que nacían de nuestras manos para imprimirse como aguafuertes en paredes amarillentas de humedad
contábamos historias,
perseguíamos lo que nos faltaba
resignificábamos lo que ya teníamos.
y entre tanto, también nos escondíamos
entre las grietas de los suelos muertos,
hacíamos nidos,
nichos velatorios entre lo infértil.
nos silenciábamos, también gritábamos
cosiéndonos los labios con consentimiento.
enhebrábamos con paciencia los hilos encerados
explotando los fusiles,
dialogábamos las cenas románticas articulando silencios.
nos disfrazábamos de nuestros peores temores para espantarlos.
ya no teníamos miedo de nada.
desentendíamos las concepciones de los pretéritos,
los presentes y los futuros
inciertos.
nos habitaban los odios, aquellos que adorábamos
oíamos himnos,
avistábamos los corazones
ignorando nuestros propios pechos descubiertos,
las dagas cortando las mismas cuerdas.
nos daba lo mismo la caída al vacío,
el telón cayendo sobre nosotros,
los tobillos trazados de ardor,
o el techo pecando de ausencia.
pedíamos la libertad abrazándonos de los barrotes de las rendijas
por las que se escapaba todo aquello que se nos desbordaba y no podíamos contener.
gritábamos entre bosques incendiados,
celebrábamos, nos lamentábamos
cubríamos de cenizas nuestras frentes para hacerle frente a lo que desconocíamos.
entre huecos de incomunicación a veces nos rechazábamos, nos olvidábamos,
deseándonos al mismo tiempo.
entre las manos conocíamos la mímesis del tacto,
nombrábamos lo que entonces no tenía nombre, nos decíamos, nos reíamos,
nos llorábamos, también
oíamos canciones,
avistábamos lo oscuro de las gargantas de la noche,
escupíamos fuego que trazaba caminos que luego nadie recorría.
los tobillos trazados, cartografiados de dolor
el cielo presente oficiando de testigo
una casa rota, vacía
nos daba lo mismo.
y hoy nos encontramos,
portando las presencias que no nos corresponden,
ahuyentando a los depredadores de las madrigueras deshabitadas.
la tierra húmeda,
los árboles tallados deletreando un nombre que jamás habíamos escuchado.
entre tanto, también dibujábamos sombras,
muchas de las cuales ya se nos han perdido
y otras pocas, ocultas entre los escombros de las paredes que alguna vez nos dieron refugio.
el dolor de estarse quieto,
un tacto que no es nuestro
y el cielo oficiando de testigo.
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