sábado, 3 de noviembre de 2018

treinta días de prueba gratuita

¿arriba? 
   el cielo, 
¿en él?
   nada que sea mio.

caigo súbitamente desde mis mayores miedos,
 un ascensor averiado
  la atención al público no abrirá sus puertas hasta nuevo aviso.

entonces ahora,

las manos aferrándose a las poleas, direccionando un velero hacia el ojo de la tormenta
  la tracción a sangre

el ardor de todos estos años y la misma herida abierta que portaron mis ancestros.

planta baja, 
 subsuelo 1,
  subsuelo 2,
 motor quemado.

las estrellas como candelabros asfixiándose de humedad, 
 claridad, luz de vela
  treinta y cinco grados centígrados

y una mesa larga ofreciendo copitas de insecticida servidas con el mayor de los cuidados.

los comensales desayunan lo que las esclavas rechazaron,
 duermen bajo las camas desechas,
  y ríen por lo bajo, procurando guardar discreción.

arriba el cielo, 
 ya carece de cobre 
  corriente alterna/corriente continua

dan lo mismo si ya no vemos nada, 
  si ya nada es nuestro.
   
¿arriba?
   mi garganta inflamada de gritar en silencio.

abajo de mi cama, el cielo.  

mis manos,
esclavas
alternan turnos para procurar que nada habite bajo mi espalda sin que yo lo sepa.

las copas van rompiéndose,
  el edificio cierra por fumigación.

el ascensor no funciona, 
  mis manos, 
  heridas,
  la sal ya no sirve de nada.

asfixia
darwinismo 
   hacinamiento.

nadie quiere cargar con las culpas de saberse derrotado, 

 nadie quiere cenar,
alguien rompió la mesa,
 las estrellas hacen saltar la térmica

nadie quiere poner sus manos en el fuego
 y nadie quiere morirse quemado.

¿arriba? 
  nada
¿abajo?
  nada

respiraciones que acaparan todo mi aire
 un pulmón desgarrándose 
  la sangre hirviendo, huyendo de lo que resta de mi nariz rota en mil pedazos

el piso siempre está un poco más frío que el resto,  

las paredes se derriten, 
la brea captura los zapatos y funde la piel para volverla parte de la tierra.

entonces, ahora

me aferro
a lo que nunca fue mio,

porque hoy me permito sentirlo propio

  el impacto siempre duele menos
 teniendo una lanza atravesada en el corazón,

la claustrofobia de estar vivo.

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