martes, 30 de octubre de 2018

como habitar un ascensor abandonado

me encorvo,
beso el suelo, 

me doy cuenta que me dan asco mis propios pies,
              mis zapatillas hablan por sus años 
         y mis oídos no escuchan porque no quieren.

en los cortes de mis labios anidan larvas,
mosquitas madres
  devoran naturalezas muertas  
               que nadie vela,
que a nadie parece importarle.

de mi vientre se desprende una cáscara de banana con forma de pulpo decapitado
usada para alimentar la decadencia de una infección no tratada,

decido coserla para que nunca tenga que volver a ver la luz del día 

trato de cubrir las imperfecciones que tiene 
usando una aguja chueca y un hilo desenhebrado
               
  tal y como trato de unir estos dos versos con una metáfora que da pena.

de nuevo
me encorvo, beso el suelo

no le ofrezco mis reverencias a nadie.

toco mi garganta a modo de metrónomo para darle un tiempo determinado al recitar lo que digo, lo que hablo.

un ejemplo
a 220 bpm: 

en su pequeño cuarto, una celadora cocina con saliva su última cena
  desde una gotera caen tres cuerpitos de agua descontinuados por uno, tres y cuatro segundos, respectivamente
    en un intermedio de diecisiete segundos entre ciclo,

la celadora empaña sus lentes de humo, cada vez
  queriendo encender sus muñecas de fuego, apretando un puño que hace ver un mapa entre las venas   
  que no llega a ninguna parte.

por otro lado,  
  la escuela que cuida, abandonada,
  el sol que cae demasiado rápido,
una heladera desbordando aceite, 
  las encías cortándose con filamentos vencidos,
el vidrio molido chocando con el sarro de los dientes de la celadora produciendo un destello de luz que nace de aquellas palabras que dijo hace tanto y que ya nadie recuerda,
  la cena para una persona,
  el mantel mal puesto
y la comida que se quemó, 
otra vez.

(...)

me enojo porque me transpiran las manos
   y porque la rabia está para las certezas

y es cierto: me enojo cuando me transpiran las manos,

como me enojo no saber que hacer con ellas
y es por eso que las escondo en los bolsillos

  y es porque a veces no siento mis llaves en ellos
 que siento que ningún lugar me pertenece

que de la vigilia de los huéspedes
solo queda la cera derretida bajo mis uñas   
       que ya no quedan mas lugares que hurgar, 
      que ya no hay donde esconderse.

¿dónde ubicar un presente si no es a partir de la negación?

hoy,
entonces

la ruptura de las noches,
  la temprana rendición de las manos que protegían la esperanza,
las represalias de la falta de determinación,
     la necesidad de articular palabras ante la desolación absoluta, pero no poder hacerlo.

ahora,
entonces

mi boca podrida,  
    la comida quemada, 
  la piel evaporándose del dolor.

mi boca podrida, 
    el baño inundado,
  los portadores de la devastación.

mi boca podrida,
    mis palabras inútiles, 
  afuera los desahuciados escupen cenizas.

el cielo negro,
  mi boca podrida,
 mi vientre tejido a dos agujas para que nada vuelva a escapar.
el sol cayendo,
  la falta de respeto a la estructura, 
 la implicancia de la forma, 
los sueños de neo barroquismo, 
 la escuela abandonada, 
  una lección aprendida de memoria,
   una mesa quebrada,
la cena para uno,
  las hojas inmóviles,
    la falta de significado,
la necesidad propia de no querer otorgarle sentido a nada.
  de nuevo, la falta de respeto a la estructura

una vértebra con exceso de aire,
 un dolor lumbar,
  una serie de ejercicios para reconstruir la postura,
encorvarse, besar el piso 

 dar la palabra para que otros seres la habiten, la infecten, la pudran y la entierren para que no vuelva a ver la luz.

una numeración de conceptos que intentan llevar un hilo conductor en la cabeza de quien esté leyendo,
  
una boa rompiéndome el cuello, 
    una vértebra o dos, asfixiadas, 
el frío de la noche a las 9:23 AM, 
 la ventana mal cerrada.

mi boca podrida llenando de humo una calle que nadie recorre.

ahora, entonces
 la negación, especialmente la negación

las manos transpiradas,
   mis llaves en otra cerradura que no es la mía,
una plaza llena de perros hambrientos,
   la necesidad dispuesta a un lado, 
      los dedos vomitando automatismos que no controlo, 

los espacios tratando de crear un camino y una barrera que bloquea el camino, haciéndonos volver siempre a donde todo empieza.

el recorrido de los índices,
  el filo de los libros que olvidé cortando los espacios más recónditos de mi mente,
   el sangrado de los ojos,
los oídos que siguen sin querer escuchar, 
   un cigarrillo colgando de mi boca hace más de dos horas,
las muelas oficiando de cenicero,
el anti-clímax.

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