martes, 27 de febrero de 2024

despliegue de invitaciones infinitas

en ronda,
nodrizas cantan con las manos
canciones sobre dientes amarillos 

de como muerden, con fuerza,
esas úlceras que recubren el cielo como nubes

y como la sangre estancada dibuja, en picada, caminos invisibles que dentro de millones de años
moscas incrédulas replicarán, sin saber que el final realmente solo significa el final.

la colección de alitas que decoran el cuello de quienes siguen entregando su corazón a la memoria de la luz pasada
zumba un poco solo cuando la fe parece desbordar los cuerpos.

el resto del tiempo,
aquel que transcurre cuando la carne no sufre de espasmos divinos,
pasa como siempre: desprendiéndose sobre sí mismo
cómo cáscaras de vertederos,
belleza anecdótica:

¿qué es florecer estando roto?

¿acaso la única estrategia es replegarme mientras todo lo demás me avasalla?

con los flancos inundados,
el único consuelo de la delicadeza es que (cree) significar la continuación del compromiso con la crueldad.

resulta una pena el desperdicio de ignorar la caricia como lenguaje.

los pelos se erizan como un pastizal descuidado
y el sol de mediodía quema de adentro hacia afuera

y no, ese no es el miedo
sino aceptar que la blandura no es sinónimo de quiebre.

más allá del refugio
la astucia no premia.

¿de qué sirve hablar en sombras si todo es indistinguible?

la retirada surge como la única respuesta lógica,
pero a pesar de eso, aun estoy esperando la señal para echarlo todo a perder
mientras bailo al ritmo invisible del colapso
hasta terminar de volverme obsoleto.


miércoles, 21 de febrero de 2024

la procesión de los apicultores (para recopilar puntillismos, restos de la danza de las libélulas)

no se me ocurrió disolverme en refucilos compactos,
pero si dar tiempo para el cultivo de la enfermedad.

estirar y contraer el brazo hasta el calambre intentando accionar un motor de deseos exhausto,
solo deja una nube residual de esperanzas petroquímicas.

el secuestro de la lumbre es la muerte de la vigilia.

las manos amordazadas en cera
aun preservan la ambición
de fabricar la quimera
que aniquile al duelo.

el adiós a la reconciliación es el punto de partida
antes de tomar el hábito de esculpir engaños
y portar el yelmo de los falsificadores.

confieso encontrar un impulso sincero en la hostilidad,
algo así como un abrazo a una brutalidad primigenia que busca devorar cautelas
para fundirse en una constante que es una noche ensordecedora e inacabable.

la caricia,
el olor a blanco,
murmuros que provocan el hundimiento.

el afecto esta ahí, permanece intacto.

me desarmo en caudales
de ríos espesos,

corriente abajo,
sueño ligero.

me engaño creyendo que el filo solo carga contra el aire,
pero una daga se me acerca con delicadeza
y me señala donde está la herida.

un refugio sordo
disloca mis pasos para ubicarme
donde no hace mucho supieron emboscar promesas,

la complejidad del asombro no es más que un ave rapaz
que surca a toda velocidad tu columna, mientras que con el pico hurga entre las vértebras,
enviando oleajes al resto de tu cuerpo.

el susto, la presa desarma la tracción.

una crucería de nervios afilados sostienen apenas la piel,
mímica de yurta, dientes de coral.

no hay superficie que pueda fregar lo áspero de la voz
si es que la garganta se derrumba sobre sí misma.

no hay razón para seguir matando ángeles.

el nudo que recubre mi pecho no afloja.

los callos de las manos duelen de manipular los escombros como flauta.

en los huecos solo queda aire hirviendo
y la imposibilidad de aplacar los estallidos de la cabeza que aun continúa buscando un lugar donde construir un nido.

martes, 6 de febrero de 2024

deposición del presente en favor del mito

la descomposición de las líneas creó el ruido de las lluvias,
las cuales existen aisladas sobre parcelas diminutas
que son pequeños santuarios, manchas del deseo
en las que habitan decenas de miles de rostros posibles.

las tormentas no son íntegras, pero no hay un sol que salvaguarde los espacios vacíos,
no hay un camino que organice las pequeñas aldeas,
solo hay alas de agua, a las cuales les da forma un viento mecánico.

no distingo la verdadera amenaza de las microfisuras en el aire,
tantas voces distintas llaman por un nombre similar al mío.

prepararía una visita para cada una de ellas
para desvestir todas esas capas y capas de miedo y enterrarlas en el cementerio de las cruces
donde pude ver como caían las estructuras de alta tensión.

el descarrilamiento es tan lento y doloroso como caer en una pila de ruido.

la frecuencia de la cacería aterra a los animales ciegos que, bajo tierra,
recuerdan que situar el oficio del instinto en bocados
se premia con vivir por una noche más.

la exhibiciones no poseen naturalezas inquietas y curiosas, sino más bien reiterativas y teatralizadas,
la composición debe ser precisa, afianzando aquellos ademanes que se acercan más a la idea de serenidad.

dormir sobre una pila de voluntades, o
arrancar las pequeñas catedrales calcinadas de las manos de quienes siguen creyendo, o
tratar de descifrar musgo deshilachado, o
agitar el sonajero que avispe al bebé que duerme en el centro del mundo, o
cultivar campos en los que los ángeles desearían retozar, o
seguir el sonido por donde más se curve, o
susurrar lo que ven las nubes, o
servir té de jazmín sabiendo que la carroña celebra su banquete cuando todos duermen.