no se me ocurrió disolverme en refucilos compactos,
pero si dar tiempo para el cultivo de la enfermedad.
estirar y contraer el brazo hasta el calambre intentando accionar un motor de deseos exhausto,
solo deja una nube residual de esperanzas petroquímicas.
el secuestro de la lumbre es la muerte de la vigilia.
las manos amordazadas en cera
aun preservan la ambición
de fabricar la quimera
que aniquile al duelo.
el adiós a la reconciliación es el punto de partida
antes de tomar el hábito de esculpir engaños
y portar el yelmo de los falsificadores.
confieso encontrar un impulso sincero en la hostilidad,
algo así como un abrazo a una brutalidad primigenia que busca devorar cautelas
para fundirse en una constante que es una noche ensordecedora e inacabable.
la caricia,
el olor a blanco,
murmuros que provocan el hundimiento.
el afecto esta ahí, permanece intacto.
me desarmo en caudales
de ríos espesos,
corriente abajo,
sueño ligero.
me engaño creyendo que el filo solo carga contra el aire,
pero una daga se me acerca con delicadeza
y me señala donde está la herida.
un refugio sordo
disloca mis pasos para ubicarme
donde no hace mucho supieron emboscar promesas,
la complejidad del asombro no es más que un ave rapaz
que surca a toda velocidad tu columna, mientras que con el pico hurga entre las vértebras,
enviando oleajes al resto de tu cuerpo.
el susto, la presa desarma la tracción.
una crucería de nervios afilados sostienen apenas la piel,
mímica de yurta, dientes de coral.
no hay superficie que pueda fregar lo áspero de la voz
si es que la garganta se derrumba sobre sí misma.
no hay razón para seguir matando ángeles.
el nudo que recubre mi pecho no afloja.
los callos de las manos duelen de manipular los escombros como flauta.
en los huecos solo queda aire hirviendo
y la imposibilidad de aplacar los estallidos de la cabeza que aun continúa buscando un lugar donde construir un nido.
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