lunes, 18 de marzo de 2019
avanzar con precaución: entrada y salida de camiones a cincuenta metros
junto a mi pecho, llevo siempre conmigo una estampita de edward hopper,
summertime interior. 1909.
reclusión por voluntad propia,
las sábanas como única protección ante la mugre que dejé en el suelo,
mi pie con una quemadura de tercer grado por tocar el sol entrando por la ventana
mi cabeza escondiéndose de vergüenza
y la ducha que está perdiendo (otra vez.)
le doy la espalda a la puerta,
me veo en el espejo.
arriba de mi rostro,
un cuervo hace su nido entre el cielo raso y los hongos de humedad
no hacemos contacto visual,
somos indiferentes ante la presencia del otro
mutualismos de segregación,
concubinatos de desinterés.
ayer,
se me cortó la luz justo antes de terminar la que iba a ser la próxima gran novela latinoamericana,
ahora solo tengo que conformarme con una serie de poemas mediocres que nadie va a leer, pero que grito en cada callejón deshabitado que encuentro a modo de consuelo.
ahora estoy lejos,
y aunque sé caminar para volver
no estoy seguro de poder hacerlo.
sé caminar también, hacia donde nunca pasa nada.
pero tampoco estoy seguro de poder hacerlo.
porque después de nosotros,
no sé que quedará.
habitaciones de aire fino,
que contienen respiraciones ajenas
dejan entrever un aire helado que recorre los hematomas de mis brazos,
el estrés en mis nervios
la promesa fallida de un mañana mejor.
desvío a cuatrocientos metros
dormir con el auto atravesado en la banquina
airbags de nylon; contaminación inminente.
los ojos hirviendo,
la alarma de incendios despertando a mis vecinos
la extinción del uso del sistema de monitoreo para reforzar la seguridad del edificio.
aves nocturnas se posan en la barra de un café abierto las veinticuatro horas,
los nidos huecos
las ramas secas incitan las hogueras,
la culminación de todo lo que supimos tener.
ensamblaje de las piezas que fueron desechadas,
el reciclaje de los espíritus.
cavar una fosa y enterrarse//
mis pies acarician las lluvias refugiadas en la tierra hace mas de dos meses,
me cuesta tanto
adueñarme de mi propia voz.
¿qué siguen haciendo acá?
el poema ya terminó.
domingo, 17 de marzo de 2019
usar la maniobra de heimlich en caso de atragantarse con una polilla
las noches llevan sus uñas enterradas en las gargantas
de los caminantes de los techos,
esparcen el miedo
entre estas sábanas rotas.
sentir el terror en primera persona
mientras la lluvia repiquetea en el techo de chapa,
el eco de esta habitación me llama,
pero no es mío.
la cobardía ante la derrota,
el horno
y la puerta que no cierra,
el envenenamiento por monóxido de carbono se disfraza de acidez.
mi pecho trata de decirme algo,
pero no le presto importancia
un foco de bajo consumo explota sobre mi frente
delatando mi escondite,
mientras los pasos se agigantan entre las sombras
y yo cada vez me vuelvo más pequeño.
la desilusión que hay en intentar prolongar el fatalismo
el abandono de persona como contraindicación de la indiferencia.
las tragedias apiladas en trilogías
los beneficios que jamás superan a los riesgos.
ese rechazo,
la constancia
de sentarme en la cama por horas
descomponiendo mi día,
lapidando la felicidad.
cerrar la persiana dejando mis brazos afuera,
no oír la pelea que tiene lugar en el edificio de enfrente
abrazar la almohada,
darle la espalda a mi retrato
no evacuar el edificio en caso de incendio,
no oficiar de testigo tres pisos mas arriba en una escena del crimen,
no responder a números desconocidos que llaman a mi celular
tragar colillas de hace una semana atrás,
escupir cemento
y erigir pilares donde nadie pueda encontrarme.
vomitar la angustia,
no ver la luz del sol,
volverme a equivocar
y que ya no me importe.
de los caminantes de los techos,
esparcen el miedo
entre estas sábanas rotas.
sentir el terror en primera persona
mientras la lluvia repiquetea en el techo de chapa,
el eco de esta habitación me llama,
pero no es mío.
la cobardía ante la derrota,
el horno
y la puerta que no cierra,
el envenenamiento por monóxido de carbono se disfraza de acidez.
mi pecho trata de decirme algo,
pero no le presto importancia
un foco de bajo consumo explota sobre mi frente
delatando mi escondite,
mientras los pasos se agigantan entre las sombras
y yo cada vez me vuelvo más pequeño.
la desilusión que hay en intentar prolongar el fatalismo
el abandono de persona como contraindicación de la indiferencia.
las tragedias apiladas en trilogías
los beneficios que jamás superan a los riesgos.
ese rechazo,
la constancia
de sentarme en la cama por horas
descomponiendo mi día,
lapidando la felicidad.
cerrar la persiana dejando mis brazos afuera,
no oír la pelea que tiene lugar en el edificio de enfrente
abrazar la almohada,
darle la espalda a mi retrato
no evacuar el edificio en caso de incendio,
no oficiar de testigo tres pisos mas arriba en una escena del crimen,
no responder a números desconocidos que llaman a mi celular
tragar colillas de hace una semana atrás,
escupir cemento
y erigir pilares donde nadie pueda encontrarme.
vomitar la angustia,
no ver la luz del sol,
volverme a equivocar
y que ya no me importe.
jueves, 14 de marzo de 2019
fallo por el incumplimiento de las resoluciones de año nuevo de la última década
tocar el techo antes de que caiga sobre nuestra cabeza
colgarse de alguna de las tantas cuotas de la luz sin pagar
y arrojarse hacia un vacío incierto
para revivir una infancia glitcheada en ratio 4:3
cintas destruidas de olvido.
la capitalización de recuerdos, lineas de ensamble de pose y destrucción
fabricación en serie de traumas que repercutirán en el desarrollo de la adolescencia y adultez.
de tener a algún ser querido que realmente les importe, ahorcar el dedo gordo del pie con un segundo intento,
si falla de nuevo,
bajar
gritar el odio bajo el agua del inodoro, tirar la cadena, no limpiarse la cara.
subirse a un escenario
y rechazar el slam por sobre todas las cosas,
recordando que intentar criticar poéticamente y performáticamente un listado de cosas cotidianas
no nos hace ni críticos, ni poetas, ni performers
mejor usar el micrófono de rifle, abrir la boca para disparar
poesía monologuista de corte neo-noir, wannabe
esa que ls intelectualoides aman,
esa que reverbera solo en los rincones de un cuchitril de mala muerte y rebota
en pocillos de café sobre dos mesas vacías en cuyos bordes resuenan labios débiles
tartamudeantes
que replican la primera vez que leí en voz alta.
no, por favor, muchas gracias.
la falta de aplausos es una marca de autor.
mis memorias recopiladas en una antología sms, un capricho
lectura polifónica
y módems dial-up
que gritan interferencias a mi oído
diálogos de telenovelas olvidadas como tono de espera
recepción clausurada,
no hay reembolso que permita disfrutar la estadía de ninguna parte.
la imposibilidad de ofrecer mi corazón on-line / desconexióninminente
darme cuenta que
no puedo ofrecerme a otros mientras me están arrancando los ojos
que no puedo ver televisión
mientras a mis manos dormidas les están clavando agujas para reanimar el pulso.
temblando,
demasiado
frío
como,
ruido blanco
disfrazado como una horda de gusanos comiéndome desde adentro
escupiendo con desidia aquello que no puedo soportar.
la divinidad,
pudriéndose
las moscas de la fruta me acechan constantemente
formando una aureola negra y húmeda cada vez que me quedo quieto.
el éxodo de los caserones antiguos
la basura amontonándose entre las grietas de las veredas
mi boca atiborrándose de palabrerío absurdo.
los árboles que extienden sus raíces al cielo intentando respirar
ese aire que huele a quirófano
suturación manual de los ojos contra mi voluntad,
un manual de cirugía moderna para la separación de residuos.
la trituración de mis dedos para olvidar del dolor que significa el tacto
el piletón ahogándose de mugre y agonía
el agua contaminada que quema bajo las uñas, ahí donde no puedo rasgar
donde no puedo aferrarme para evitar volver a ver caer
mis lágrimas,
rotuladas con discreción
burocratizar la miseria para mejores resultados
la eterna búsqueda de la eficiencia,
los call-centers como iglesia del último milenio.
túnicas negras
de impronta velatoria
la exhibición de los maniquíes más hermosos.
la cera más fina que incendia el depósito más escondido de la ciudad,
el sacrificio de las tradiciones más sagradas.
-tecnócratas pregonan el advenimiento de una época más sencilla-
cyberia, la meca del principio del siglo xxi
la recolección funesta de nuestros mayores fracasos
nos. la comparsa líder de un desfile donde portamos el orgullo de haber tomado decisiones que nos arrastraron a este presente.
la celebración de un futuro condenado al declive.
evitamos mirar el cielo para no sentir el peso de los demás sobre nuestras cabezas,
la mandíbula enterrada en la mugre de nuestra bañera
el cultivo de hongos para propósitos aún desconocidos.
afuera, un árbol está floreciendo por primera vez.
adentro, nuestros sueños desaparecen en el fade-out de una canción que repetimos hasta el hartazgo.
la delicadeza de seguir en pie.
el tratamiento por electroshock, las aspiraciones de alta tensión
y el mantel mal puesto sobre una mesa con un plato a medio comer.
la comunicación entre el desastre
el desagüe, las cañerías contaminando mares,
las gargantas de los abatidos.
perdurar,
como última línea de defensa ante la poesía maldita, la infancia interrumpida, el presente malogrado
y los presagios de una vida extinguiéndose lentamente como llama,
esperamos respirar sea lo que termine por mantener los fuegos vivos
el tiempo suficiente hasta que podamos encontrar otra solución
colgarse de alguna de las tantas cuotas de la luz sin pagar
y arrojarse hacia un vacío incierto
para revivir una infancia glitcheada en ratio 4:3
cintas destruidas de olvido.
la capitalización de recuerdos, lineas de ensamble de pose y destrucción
fabricación en serie de traumas que repercutirán en el desarrollo de la adolescencia y adultez.
de tener a algún ser querido que realmente les importe, ahorcar el dedo gordo del pie con un segundo intento,
si falla de nuevo,
bajar
gritar el odio bajo el agua del inodoro, tirar la cadena, no limpiarse la cara.
subirse a un escenario
y rechazar el slam por sobre todas las cosas,
recordando que intentar criticar poéticamente y performáticamente un listado de cosas cotidianas
no nos hace ni críticos, ni poetas, ni performers
mejor usar el micrófono de rifle, abrir la boca para disparar
poesía monologuista de corte neo-noir, wannabe
esa que ls intelectualoides aman,
esa que reverbera solo en los rincones de un cuchitril de mala muerte y rebota
en pocillos de café sobre dos mesas vacías en cuyos bordes resuenan labios débiles
tartamudeantes
que replican la primera vez que leí en voz alta.
no, por favor, muchas gracias.
la falta de aplausos es una marca de autor.
mis memorias recopiladas en una antología sms, un capricho
lectura polifónica
y módems dial-up
que gritan interferencias a mi oído
diálogos de telenovelas olvidadas como tono de espera
recepción clausurada,
no hay reembolso que permita disfrutar la estadía de ninguna parte.
la imposibilidad de ofrecer mi corazón on-line / desconexióninminente
darme cuenta que
no puedo ofrecerme a otros mientras me están arrancando los ojos
que no puedo ver televisión
mientras a mis manos dormidas les están clavando agujas para reanimar el pulso.
temblando,
demasiado
frío
como,
ruido blanco
disfrazado como una horda de gusanos comiéndome desde adentro
escupiendo con desidia aquello que no puedo soportar.
la divinidad,
pudriéndose
las moscas de la fruta me acechan constantemente
formando una aureola negra y húmeda cada vez que me quedo quieto.
el éxodo de los caserones antiguos
la basura amontonándose entre las grietas de las veredas
mi boca atiborrándose de palabrerío absurdo.
los árboles que extienden sus raíces al cielo intentando respirar
ese aire que huele a quirófano
suturación manual de los ojos contra mi voluntad,
un manual de cirugía moderna para la separación de residuos.
la trituración de mis dedos para olvidar del dolor que significa el tacto
el piletón ahogándose de mugre y agonía
el agua contaminada que quema bajo las uñas, ahí donde no puedo rasgar
donde no puedo aferrarme para evitar volver a ver caer
mis lágrimas,
rotuladas con discreción
burocratizar la miseria para mejores resultados
la eterna búsqueda de la eficiencia,
los call-centers como iglesia del último milenio.
túnicas negras
de impronta velatoria
la exhibición de los maniquíes más hermosos.
la cera más fina que incendia el depósito más escondido de la ciudad,
el sacrificio de las tradiciones más sagradas.
-tecnócratas pregonan el advenimiento de una época más sencilla-
cyberia, la meca del principio del siglo xxi
la recolección funesta de nuestros mayores fracasos
nos. la comparsa líder de un desfile donde portamos el orgullo de haber tomado decisiones que nos arrastraron a este presente.
la celebración de un futuro condenado al declive.
evitamos mirar el cielo para no sentir el peso de los demás sobre nuestras cabezas,
la mandíbula enterrada en la mugre de nuestra bañera
el cultivo de hongos para propósitos aún desconocidos.
afuera, un árbol está floreciendo por primera vez.
adentro, nuestros sueños desaparecen en el fade-out de una canción que repetimos hasta el hartazgo.
la delicadeza de seguir en pie.
el tratamiento por electroshock, las aspiraciones de alta tensión
y el mantel mal puesto sobre una mesa con un plato a medio comer.
la comunicación entre el desastre
el desagüe, las cañerías contaminando mares,
las gargantas de los abatidos.
perdurar,
como última línea de defensa ante la poesía maldita, la infancia interrumpida, el presente malogrado
y los presagios de una vida extinguiéndose lentamente como llama,
esperamos respirar sea lo que termine por mantener los fuegos vivos
el tiempo suficiente hasta que podamos encontrar otra solución
miércoles, 13 de marzo de 2019
treinta y cinco horas en cama
cuando fui niño,
me quede solo en casa mientras dormía.
yo solo reconocía las infancias de la noche
comer entre velas de cera colorida
y dormir entre sábanas negras que apretaban mi cuello.
ese día
el viento quebró un árbol que cayó muerto junto a mi almohada.
quebró mi sueño.
lloré, velando los nombres que forjé por decenas de noches
pero todo estaba oscuro
y mi voz no podía advertir que nadie la escuchaba.
vi a la madrugada frente a frente
conocí la inmensidad,
al mismo tiempo que definí mi pequeñez
quise tragar el miedo, pero solo aprendí a vomitarlo y a ocultarlo bajo una alfombra vieja
pulverizando lavandas artificiales encima para que nadie pudiera enterarse.
era todo frío,
a pesar de que el invierno no había llegado.
las camas de mármol esperaban por la sepulturera para recibir las buenas noches
de una vez por todas.
recuerdo dormir ante la puerta como perro asustado,
contando las luces en el cielo, poniendoles nombres, para no caer ante lo que me rodeaba.
abrazaba la primera luz del día como un milagro,
comenzaba a percibir lo verde de mi patio
el viento comenzaba a detenerse.
hoy, en cambio
la mañana comienza a nacer a mis espaldas
ante mi falta de interés.
a lo largo de los años, comprendí que las mañanas no suenan como música de los años cincuenta.
las mañanas se traducen en la dificultad de nadar a contramarea.
quedarse en el mismo lugar
por las noches,
abrazarse de nostalgia por futuros que hemos perdido
y que jamás íbamos a tener, de todas formas.
soñando vendar la televisión de tubo,
para así apuñalar al tomacorriente
recordando el dolor de dormir a oscuras por primera vez.
hoy espero que una tormenta caiga sobre mi,
como todos los días.
para refugiarme bajo mi cama,
porque hoy tal como ayer, no hay nadie conmigo
nadie que escuche mi voz, nadie que recuerde los nombres que grito para que no sean olvidados.
la imprudencia de soñar en blanco y negro
sin personajes, sin uno mismo, sin locaciones o sensaciones.
solo una señal y un pitido monotonal que manda electricidad a mis terminaciones nerviosas de tanto en tanto
para recordarme a mi mismo que sigo vivo.
las distancias entre la niebla nos privan de la luz,
¿como aprender a respirar entre la tristeza?
¿como terminar todo si no es con una pregunta?
me quede solo en casa mientras dormía.
yo solo reconocía las infancias de la noche
comer entre velas de cera colorida
y dormir entre sábanas negras que apretaban mi cuello.
ese día
el viento quebró un árbol que cayó muerto junto a mi almohada.
quebró mi sueño.
lloré, velando los nombres que forjé por decenas de noches
pero todo estaba oscuro
y mi voz no podía advertir que nadie la escuchaba.
vi a la madrugada frente a frente
conocí la inmensidad,
al mismo tiempo que definí mi pequeñez
quise tragar el miedo, pero solo aprendí a vomitarlo y a ocultarlo bajo una alfombra vieja
pulverizando lavandas artificiales encima para que nadie pudiera enterarse.
era todo frío,
a pesar de que el invierno no había llegado.
las camas de mármol esperaban por la sepulturera para recibir las buenas noches
de una vez por todas.
recuerdo dormir ante la puerta como perro asustado,
contando las luces en el cielo, poniendoles nombres, para no caer ante lo que me rodeaba.
abrazaba la primera luz del día como un milagro,
comenzaba a percibir lo verde de mi patio
el viento comenzaba a detenerse.
hoy, en cambio
la mañana comienza a nacer a mis espaldas
ante mi falta de interés.
a lo largo de los años, comprendí que las mañanas no suenan como música de los años cincuenta.
las mañanas se traducen en la dificultad de nadar a contramarea.
quedarse en el mismo lugar
por las noches,
abrazarse de nostalgia por futuros que hemos perdido
y que jamás íbamos a tener, de todas formas.
soñando vendar la televisión de tubo,
para así apuñalar al tomacorriente
recordando el dolor de dormir a oscuras por primera vez.
hoy espero que una tormenta caiga sobre mi,
como todos los días.
para refugiarme bajo mi cama,
porque hoy tal como ayer, no hay nadie conmigo
nadie que escuche mi voz, nadie que recuerde los nombres que grito para que no sean olvidados.
la imprudencia de soñar en blanco y negro
sin personajes, sin uno mismo, sin locaciones o sensaciones.
solo una señal y un pitido monotonal que manda electricidad a mis terminaciones nerviosas de tanto en tanto
para recordarme a mi mismo que sigo vivo.
las distancias entre la niebla nos privan de la luz,
¿como aprender a respirar entre la tristeza?
¿como terminar todo si no es con una pregunta?
jueves, 7 de marzo de 2019
métodos instantáneos de contraespionaje
I
caída libre
es contraer los tendones de los pies,
descarga a tierra
colibríes picoteando mi pecho desde adentro.
en mis venas encuentro
los nombres por los que jamás me llamaron,
nunca tuve tanto temor
al
desahucio.
el pago del alquiler
el sacrificio de la moral.
verme patologizando lo que se me fue arrebatado como pasatiempo de domingo.
II
quitarme las ataduras solo para dormir,
mi mejilla lijando el cielo raso.
silbo aire húmedo entre las sombras de la primera hora de la mañana
por la madrugada todo será indistinto.
III
llueven macetas por entre las veredas abiertas al vacío
la tierra es infértil
derrocando paulatinamente la idea de la permanencia.
IV
el cristal mis manos
mis huellas entre el viento
se erosionan para que nadie siga mi camino
la advertencia
de saberse
lejos.
V
no quedan souvenirs para el personal de limpieza,
la salida es por la puerta de emergencia.
la rima solo ocurre en casos de simulacro.
estatuas vivas con los pies fundidos al piso,
el reflujo ácido que sube por las gargantas alistándose para la próxima ejecución.
VI
incisivos
perforan
el hueco entre las alas de la enfermedad,
el cielo un poco más cerca
la idea de la divinidad siempre da gracia.
VII
todas las buenas intenciones del mundo no brindan consuelo suficiente,
VIII
incendiar
iconos
de mi infancia, solo la mirada hacia abajo.
intrusos entre las inmóviles
los innombrables, avanzan agazapados entre la ira
¿ir a dónde?
nada puede ser peor que aquí.
IX
la luz se apaga en el cenicero
junto a al ruido de un máquina del siglo xx,
afuera los inútiles se equivocan
bolsas de nylon tiran de carruajes invaluables
nadie cuestiona el daño ecológico
todos prefieren ahorcarse de enredaderas, de todas formas.
la exhibición de los perdones
pronósticos de un apocalípsis deseado.
actores mediocres que babean el diálogo de una escena final
ramos de espinas
para cenar sopa de rosas.
la luz se aviva con el aire en el cenicero
afuera los inútiles se perdonan entre si
los tubos de vacío explotan en mi cara,
la noche se mece en el aire.
caída libre
es contraer los tendones de los pies,
descarga a tierra
colibríes picoteando mi pecho desde adentro.
en mis venas encuentro
los nombres por los que jamás me llamaron,
nunca tuve tanto temor
al
desahucio.
el pago del alquiler
el sacrificio de la moral.
verme patologizando lo que se me fue arrebatado como pasatiempo de domingo.
II
quitarme las ataduras solo para dormir,
mi mejilla lijando el cielo raso.
silbo aire húmedo entre las sombras de la primera hora de la mañana
por la madrugada todo será indistinto.
III
llueven macetas por entre las veredas abiertas al vacío
la tierra es infértil
derrocando paulatinamente la idea de la permanencia.
IV
el cristal mis manos
mis huellas entre el viento
se erosionan para que nadie siga mi camino
la advertencia
de saberse
lejos.
V
no quedan souvenirs para el personal de limpieza,
la salida es por la puerta de emergencia.
la rima solo ocurre en casos de simulacro.
estatuas vivas con los pies fundidos al piso,
el reflujo ácido que sube por las gargantas alistándose para la próxima ejecución.
VI
incisivos
perforan
el hueco entre las alas de la enfermedad,
el cielo un poco más cerca
la idea de la divinidad siempre da gracia.
VII
todas las buenas intenciones del mundo no brindan consuelo suficiente,
VIII
incendiar
iconos
de mi infancia, solo la mirada hacia abajo.
intrusos entre las inmóviles
los innombrables, avanzan agazapados entre la ira
¿ir a dónde?
nada puede ser peor que aquí.
IX
la luz se apaga en el cenicero
junto a al ruido de un máquina del siglo xx,
afuera los inútiles se equivocan
bolsas de nylon tiran de carruajes invaluables
nadie cuestiona el daño ecológico
todos prefieren ahorcarse de enredaderas, de todas formas.
la exhibición de los perdones
pronósticos de un apocalípsis deseado.
actores mediocres que babean el diálogo de una escena final
ramos de espinas
para cenar sopa de rosas.
la luz se aviva con el aire en el cenicero
afuera los inútiles se perdonan entre si
los tubos de vacío explotan en mi cara,
la noche se mece en el aire.
martes, 26 de febrero de 2019
infecciones de depósitos bastardos
hoy estoy resfriado.
creo que cada vez me importa menos dar con una metáfora para decir lo que quiero decir,
digo, ahora hay un cuarto junto al mío
recién pintado, con alfombra nueva
y el eco es devastador.
hoy no estoy solo, pero sé que mañana si lo voy a estar.
ahora tengo acidez en cada trago de saliva que doy
y no sé si es por tomar cada vaso de agua ahogando un cigarrillo en el
o por si ya mis órganos están fallando.
un balde de amoniaco
un espacio dispuesto para más intensidad
desvestir el poema y exhibirlo como lo que es
un bloc de notas en una computadora vieja de alguien que no sabe que hacer con su vida.
hoy vacié tres veces el cenicero
las yemas de mis dedos dibujan un color que no existe, pero que se amalgama a la perfección con el amarillo y el negro,
entre las cenizas escribo mi epitafio, para borrarlo una y otra vez.
los días me parecen muy hostiles y las noches demasiado desafiantes
no tengo el coraje para pararme bajo un poste de luz intermitente,
no tengo el coraje necesario para levantarle la mano en señal de protesta a un auto que hace una mala maniobra
no tengo el coraje suficiente para decirme a mi mismo que todo está yendo mal.
pero todo está yendo bien.
la alfombra guarda celosamente cada gota de sangre que derramé
mis brazos el resto.
mis voces son constantemente interrumpidas por los brotes de aire tóxico que emano
nadie necesita de mi palabra, lo que es adecuado.
aprieto espacio en el teclado
a más distancia del margen parece que todo lo que diga va a ser más profundo, que va a tener más sentido.
pero no me va a dar una solución.
pero todo está yendo bien.
un auto está chocando a seis cuadras de mi casa,
la humedad se come los engranajes
el motor se ahoga sin escupir ceniza.
trago agua destilada, escupo el cáncer que me tendría que haber comido vivo.
sigue siendo verano.
sigo escribiendo lo mismo.
sigo repitiéndome.
sigo tratando de darme sentido, de dar sentido a lo que escribo.
sigo escribiendo redundancias.
dar conciencia de lo que hago no me va a ser mejor escritor
escribir de madrugada no hace un poema más sentido
ver tu documento nacional de identidad tirado en el suelo entre colillas de cigarrillos no te hace más perturbado
aquejado,
me parece una palabra graciosa
y no, evadir el hilo principal no te hace innovador.
solo pospone gritar lo inevitable,
que aunque me gustaría saber de que se trata,
hasta el día de la fecha sigo haciéndome el idiota.
aún pierdo de cuenta las veces que traté de adivinar que es lo que iba deparar el mañana
pero cada vez que despertaba
yo estaba acá dentro.
el mañana ahí afuera.
y no hay coraje suficiente que me haga tener el valor de enfrentarme a todo lo que no puedo controlar.
pero todo está yendo bien.
entre mis brazos puedo ver las horas,
los dedos apretándose la cara.
la vista hacia abajo se me nubla cada vez más,
mis pies se están poniendo cada vez más blancos
los dedos aprietan mi cuello,
le pegan a la mesa
y se esconden tras la nuca.
es deber dormirme con cinco botellas atravesadas a la garganta.
mañana mi cama va a ser un desastre, pero voy a estar mejor.
mi esófago calcinado
me va a devolver todo lo que le di.
mi baño se va a tapar.
toda mi casa inundada.
pero todo está yendo bien.
todo está yendo bien.
creo que cada vez me importa menos dar con una metáfora para decir lo que quiero decir,
digo, ahora hay un cuarto junto al mío
recién pintado, con alfombra nueva
y el eco es devastador.
hoy no estoy solo, pero sé que mañana si lo voy a estar.
ahora tengo acidez en cada trago de saliva que doy
y no sé si es por tomar cada vaso de agua ahogando un cigarrillo en el
o por si ya mis órganos están fallando.
un balde de amoniaco
un espacio dispuesto para más intensidad
desvestir el poema y exhibirlo como lo que es
un bloc de notas en una computadora vieja de alguien que no sabe que hacer con su vida.
hoy vacié tres veces el cenicero
las yemas de mis dedos dibujan un color que no existe, pero que se amalgama a la perfección con el amarillo y el negro,
entre las cenizas escribo mi epitafio, para borrarlo una y otra vez.
los días me parecen muy hostiles y las noches demasiado desafiantes
no tengo el coraje para pararme bajo un poste de luz intermitente,
no tengo el coraje necesario para levantarle la mano en señal de protesta a un auto que hace una mala maniobra
no tengo el coraje suficiente para decirme a mi mismo que todo está yendo mal.
pero todo está yendo bien.
la alfombra guarda celosamente cada gota de sangre que derramé
mis brazos el resto.
mis voces son constantemente interrumpidas por los brotes de aire tóxico que emano
nadie necesita de mi palabra, lo que es adecuado.
aprieto espacio en el teclado
a más distancia del margen parece que todo lo que diga va a ser más profundo, que va a tener más sentido.
pero no me va a dar una solución.
pero todo está yendo bien.
un auto está chocando a seis cuadras de mi casa,
la humedad se come los engranajes
el motor se ahoga sin escupir ceniza.
trago agua destilada, escupo el cáncer que me tendría que haber comido vivo.
sigue siendo verano.
sigo escribiendo lo mismo.
sigo repitiéndome.
sigo tratando de darme sentido, de dar sentido a lo que escribo.
sigo escribiendo redundancias.
dar conciencia de lo que hago no me va a ser mejor escritor
escribir de madrugada no hace un poema más sentido
ver tu documento nacional de identidad tirado en el suelo entre colillas de cigarrillos no te hace más perturbado
aquejado,
me parece una palabra graciosa
y no, evadir el hilo principal no te hace innovador.
solo pospone gritar lo inevitable,
que aunque me gustaría saber de que se trata,
hasta el día de la fecha sigo haciéndome el idiota.
aún pierdo de cuenta las veces que traté de adivinar que es lo que iba deparar el mañana
pero cada vez que despertaba
yo estaba acá dentro.
el mañana ahí afuera.
y no hay coraje suficiente que me haga tener el valor de enfrentarme a todo lo que no puedo controlar.
pero todo está yendo bien.
entre mis brazos puedo ver las horas,
los dedos apretándose la cara.
la vista hacia abajo se me nubla cada vez más,
mis pies se están poniendo cada vez más blancos
los dedos aprietan mi cuello,
le pegan a la mesa
y se esconden tras la nuca.
es deber dormirme con cinco botellas atravesadas a la garganta.
mañana mi cama va a ser un desastre, pero voy a estar mejor.
mi esófago calcinado
me va a devolver todo lo que le di.
mi baño se va a tapar.
toda mi casa inundada.
pero todo está yendo bien.
todo está yendo bien.
viernes, 18 de enero de 2019
403 forbidden
pienso que escribir es como cocinar una salsa.
yo nunca cociné bien.
mis salsas caen pesadas,
ácidas,
me queman la lengua cuando las pruebo,
reacción que lleva a segundo plano el dolor de los cortes en los dedos que sufro al hacerlas.
no hay consistencia en ellas, tampoco.
uso cuatro ollas distintas
uso cuatro hornallas distintas para esas cuatro ollas
y uso más gas del que debería.
las sirvo en cuatro platos diferentes y uso cada uno de los cuatro dientes del tenedor para cada uno de los vegetales.
mis salsas pueden consumirse únicamente en mesas que traen solo una silla consigo
y después de eso, solo dejan platos sucios
que guardo bajo una cama desmontable que alberga sueños transitorios, ubicada como una isla en el medio de mi sala de estar.
despierto me doy cuenta que, de nuevo, nadie durmió a mi lado como yo lo hubiera querido.
y a pesar de que una silueta irreconocible yace a mi lado,
hundiéndose entre la humedad de las sábanas,
los platos siguen sucios.
siento que debo mantener un silencio prudente entre palabras.
mis labios se tocan con el mayor de los cuidados,
el más sincero de los tactos
esperando el momento indicado para vomitar palabras erróneas.
a partir de este punto, ya no hay retorno.
en mis manos tengo entrelazadas las cintas de video que denotan que he vivido.
desmiembro el recuerdo tratando de hacer caer el cielo sobre mi, pero solo logro alentar el dia unos pocos minutos.
una mosca duerme en un hueco entre dos venas de mi brazo.
una fila de hormigas pierde el sentido de dirección, volviéndose una espiral que acabará dejando sus cuerpos sin vida sobre todo lo que alguna vez prometí y aun no he cumplido.
tengo frío.
hay una ventana rota y doce cristales clavados en mi mano.
no recuerdo que pasó.
las gotas se hacen ríos
caen sobre la olla que aun no lavé.
prendo la hornalla
respiro mi sangre.
quito el espejo de mi baño porque no me gusta lo que veo.
hago de la cortina de baño, un vestido de gala.
los estrechos pasillos de mi living, aún libres de mi ropa sucia, ofician de pasarela, la cual recorro una y otra vez, esperando que alguien me arroje un ramo de espinas.
los ganchos de metal de la cortina de baño sostienen las bases de un piletón de cerámica lleno de agua estancada, que los gorriones beben para enfermarse.
para caer muertos de las ramas.
el viento arrastra los cadáveres lejos, mientras yo clavo mi nombre como advertencia en los árboles de un bosque que nadie va a caminar.
las heridas frescas
las rodillas que huyen del perdón.
un alud llevándoselo todo.
puedo palpar las plegarias que nadie oye.
las mías suplican entre tierra húmeda,
se esconden bajo mi cama
para lamer los platos sucios y guardar entre su cobardía, un dejo de esperanza.
me consta que todo esto está pasando.
me consta que no puedo mirar atrás.
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yo nunca cociné bien.
mis salsas caen pesadas,
ácidas,
me queman la lengua cuando las pruebo,
reacción que lleva a segundo plano el dolor de los cortes en los dedos que sufro al hacerlas.
no hay consistencia en ellas, tampoco.
uso cuatro ollas distintas
uso cuatro hornallas distintas para esas cuatro ollas
y uso más gas del que debería.
las sirvo en cuatro platos diferentes y uso cada uno de los cuatro dientes del tenedor para cada uno de los vegetales.
mis salsas pueden consumirse únicamente en mesas que traen solo una silla consigo
y después de eso, solo dejan platos sucios
que guardo bajo una cama desmontable que alberga sueños transitorios, ubicada como una isla en el medio de mi sala de estar.
despierto me doy cuenta que, de nuevo, nadie durmió a mi lado como yo lo hubiera querido.
y a pesar de que una silueta irreconocible yace a mi lado,
hundiéndose entre la humedad de las sábanas,
los platos siguen sucios.
siento que debo mantener un silencio prudente entre palabras.
mis labios se tocan con el mayor de los cuidados,
el más sincero de los tactos
esperando el momento indicado para vomitar palabras erróneas.
a partir de este punto, ya no hay retorno.
en mis manos tengo entrelazadas las cintas de video que denotan que he vivido.
desmiembro el recuerdo tratando de hacer caer el cielo sobre mi, pero solo logro alentar el dia unos pocos minutos.
una mosca duerme en un hueco entre dos venas de mi brazo.
una fila de hormigas pierde el sentido de dirección, volviéndose una espiral que acabará dejando sus cuerpos sin vida sobre todo lo que alguna vez prometí y aun no he cumplido.
tengo frío.
hay una ventana rota y doce cristales clavados en mi mano.
no recuerdo que pasó.
las gotas se hacen ríos
caen sobre la olla que aun no lavé.
prendo la hornalla
respiro mi sangre.
quito el espejo de mi baño porque no me gusta lo que veo.
hago de la cortina de baño, un vestido de gala.
los estrechos pasillos de mi living, aún libres de mi ropa sucia, ofician de pasarela, la cual recorro una y otra vez, esperando que alguien me arroje un ramo de espinas.
los ganchos de metal de la cortina de baño sostienen las bases de un piletón de cerámica lleno de agua estancada, que los gorriones beben para enfermarse.
para caer muertos de las ramas.
el viento arrastra los cadáveres lejos, mientras yo clavo mi nombre como advertencia en los árboles de un bosque que nadie va a caminar.
las heridas frescas
las rodillas que huyen del perdón.
un alud llevándoselo todo.
puedo palpar las plegarias que nadie oye.
las mías suplican entre tierra húmeda,
se esconden bajo mi cama
para lamer los platos sucios y guardar entre su cobardía, un dejo de esperanza.
me consta que todo esto está pasando.
me consta que no puedo mirar atrás.
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