las noches llevan sus uñas enterradas en las gargantas
de los caminantes de los techos,
esparcen el miedo
entre estas sábanas rotas.
sentir el terror en primera persona
mientras la lluvia repiquetea en el techo de chapa,
el eco de esta habitación me llama,
pero no es mío.
la cobardía ante la derrota,
el horno
y la puerta que no cierra,
el envenenamiento por monóxido de carbono se disfraza de acidez.
mi pecho trata de decirme algo,
pero no le presto importancia
un foco de bajo consumo explota sobre mi frente
delatando mi escondite,
mientras los pasos se agigantan entre las sombras
y yo cada vez me vuelvo más pequeño.
la desilusión que hay en intentar prolongar el fatalismo
el abandono de persona como contraindicación de la indiferencia.
las tragedias apiladas en trilogías
los beneficios que jamás superan a los riesgos.
ese rechazo,
la constancia
de sentarme en la cama por horas
descomponiendo mi día,
lapidando la felicidad.
cerrar la persiana dejando mis brazos afuera,
no oír la pelea que tiene lugar en el edificio de enfrente
abrazar la almohada,
darle la espalda a mi retrato
no evacuar el edificio en caso de incendio,
no oficiar de testigo tres pisos mas arriba en una escena del crimen,
no responder a números desconocidos que llaman a mi celular
tragar colillas de hace una semana atrás,
escupir cemento
y erigir pilares donde nadie pueda encontrarme.
vomitar la angustia,
no ver la luz del sol,
volverme a equivocar
y que ya no me importe.
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