I
camino por los cincuenta y ocho metros cuadrados de mi casa,
decidido a encontrar un lugar que aun no haya sido descubierto.
me quito mis rodillas para no ofrecer mis reverencias a nadie,
grito de dolor para saber que aún estoy vivo.
no hago comentarios sobre la desilusión, puesto no tengo nada que decir.
afuera hace un lindo día,
bien podría aprovecharlo.
me ahogo con la almohada.
sueño con un lugar que es mío.
II
dentro de mi casa están anunciados bancos de niebla y una alta probabilidad de lluvia,
se recomienda precaución por la escasa visibilidad,
también se informa de una congestión de por los menos cuarenta minutos.
en mi tiempo libre
desenrosco las pantallas de las luces,
quemo mis ojos por la desnudez de los filamentos, pido disculpas
mientras tiro a la basura un genocidio de insectos guiados por la ambición.
hay aire de muerte.
ahí está de nuevo,
la falla en la conquista.
el disyuntor y su mal funcionamiento,
otra vez cayó la noche y yo no me di cuenta.
III
confecciono la parte inferior de un pijama
con los diarios que evitaban que mi techo no se hundiese
en mis caderas,
sobrepeso
un tiroteo que dejó decenas de muertos y nadie que pague el funeral,
una crónica de la enfermedad terminal de alguien que es más famoso que yo,
una destitución presidencial
y la tinta escurriéndose por mis piernas, manchando mis sábanas
como cuando era chico.
IV
si mi pecho
fuese
tablero de distribución y comando,
setearía mis emociones por default,
exhibiría mi corazón como colección de paranoia y óxido
y sentaría las bases para una frecuencia cardíaca de cincuenta y nueve pulsaciones por minuto.
si mi pecho
no fuese
de músculo, distancia y hueso,
un hueco
allá,
más allá de mi nombre
donde se esconde la ceguera de la ficción,
el dolor de una arteria tapada de veneno no penetraría tanto,
y la reiteración de todos nuestros nombres
no harían eco solo en mi memoria.
V
semanalmente riego un cactus que tiene jeringas descartables usadas por espinas
puesto que en el desierto no hay políticas de salud pública,
y en mi casa, menos.
tengo las manos de látex,
un barbijo descosido escondiendo mis labios resecos
y una sala esterilizada donde me siento a contemplar todo lo que salió mal estos últimos años.
veo como brota la primera flor,
el primer sol de la mañana la ilumina
se abren siete colillas de cigarrillos mentolados
todos endulzados por un carmín negro
que no sé diferenciar bien si se trata de labial o de ceniza.
las jeringas lloran sangre sin coagular,
la tristeza de mis manos contaminadas toca mi cara.
las infecciones se preparan para hacerle frente a un sistema inmune que no opone resistencia
el desierto se impone en la ciudad,
gentrificación blitzkrieg.
desde las grietas de la tierra puedo ver el núcleo del mundo,
¿y?
VI
vendedores ambulantes de terapias de contestadores automáticos,
las condolencias del año 2000 son predeterminadas,
ya todos han perdido todo.
VII
copitas de cuello alto quiebran el silencio de la noche desde lo alto de un piso veinte,
las alarmas de los autos le aúllan a una luna de sodio artificial.
hay una luz de uno de los departamentos del edificio de enfrente que no se apaga desde hace una semana.
cuarentena: una substitución de los trabajos más privilegiados.
digresión narrativa mediocre,
sepan disculpar
es que afuera hay un bebé llorando por primera vez,
y amenaza a sus vecinos con seguir haciéndolo.
no hay demandas,
no hay rehenes
solo un puñado de gente mirando desde sus balcones como la calle comienza a agrietarse,
a gritarse,
o como sea.
VIII
las miradas fijan su punto de fuga lejos del horizonte
las caras desfiguradas desfilan al pie de la misericordia.
pppppp: dormirse sobre el teclado o pedir perdón para poder pedir perdón.
no hay absolución para los acusados,
pero no hay por qué negarse al dolor
no hay respuesta
a la desesperación
que baja por mis brazos de porcelana,
oscureciendo mis venas como ríos en la noche
la necrosis como última esperanza.
el frío ya no duele,
bajo mi cama nadie puede alcanzarme.
IX
velamos al prerrafaelismo sepultado bajo un albergue transitorio,
adoramos rostros rococó contemporáneos.
la nostalgia se alza sobre nos. como la meca del consumo estético,
presenciamos el fusilamiento del deseo por parte de la imagen
mientras compramos alimentos sellados herméticamente para la cena,
nos vendamos los ojos para dar gracias
pagamos el neón bajo consumo en cuotas.
buscamos en lo superficial sinónimos de algo profundo y que tenga sentido,
como hace este poema.
X
armamos esquemas artificiales para que nos ayuden a comprender el diálogo corporal de los otros
de los nuestros,
de nosotros.
"¿qué es este calor que me inflama la punta de los dedos?"
"¿por qué mi pecho está agazapado en el rincón de mi habitación?"
maniquíes modelos
me dan una charla introductoria que no termino de entender y que por lo tanto no me sirve de nada .
"¿por qué mi voz se gasta por gritar tanto?"
el fracaso en la diagramación semiótica,
la imposibilidad de comunicarnos todo,
las esperanzas que depositamos en el signo lingüístico, malgastadas.
XI
se agrupan,
se rehúsan,
se resignan.
aprenden del confort en la distancia,
actúan como desconocidos en líneas de teléfono saturadas por el fin de año,
y cuentan las cenizas entre la nieve de un invierno nuclear antes del fin del mundo.
imitan las escenas menos memorables de sus películas favoritas,
se escriben por salas de chat en las que ya no hay nadie
y apuntan con sus dedos,
gatillando las estrellas que menos brillan.
se ríen,
se recuerdan,
se escuchan entre urbanismos.
duermen sobre el sepulcro de un aire que ya respiraron,
despiertan sobre lo poco que dejó un incendio.
no dicen nada,
se sonríen.
predicen el fin de los tiempos.
se dicen adiós,
y se desean buena suerte.
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