de este ámbar violento,
sobre mi crisálida;
que luego de haber eclosionado,
de ella emergeré;
para nunca levantar vuelo por mi cuenta,
y quedar en perpetua infancia,
atrapado en mi primer jolgorio;
atrapado entre dos delicadas manos,
que me admirarán al brillar del sol,
casi deseando ser mi;
derramando su propia luz,
sobre el vientre que los vio nacer;
jugando con el tiempo;
y eclosionando el ovario,
en ovulación;
se gestan de nuevo,
aquellos humanos,
hoy, como seres de luz;
las manos y los rostros que se fueron nueve meses,
me han dejado en la nada,
hasta oír el primer llanto vívido;
ya solo hay luz,
ya no hay humanos,
solo rastros;
en edificios,
en calles,
en paredes,
y en autos;
abandonados,
al igual que la piel,
que ahora es un haz del ser,
haces de luz;
de la cual,
incandescencia, me derrite,
permitiéndome volar,
luego de estar gestándome,
en mi segunda crisálida;
hoy será,
mi primer vuelo,
como la mariposa de ámbar;
y sabré posarme, sobre las manos que me sostuvieron,
para quemarme, en algo hermoso;
en la libertad, que solo la muerte puede darme;
y me fundiré, en lo restante de mi ámbar,
y solo seré una piedra,
como las tantas, con abejas atrapadas en ellas;
a excepción,
que siempre seré mariposa,
aún sin alas,
ni levantando vuelo;
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