lunes, 10 de septiembre de 2018

poemario escrito con la sangre que dejaron mis encías podridas sobre una manzana arenosa

I

hoy
creí oír a alguien pronunciar mi nombre,
pero no vi más que un incendio borrando los lugares a los que jamás me atreví a ir.

el aire que hoy corta mi frente,
sé que mañana habrá de cerrarme la garganta

y mis rodillas
apoyadas sobre los dibujos que hice de pequeño, 

cuya frustración hoy utilizo como refugio para no cortarme de nuevo con los cuchillos que jamás levanté de mi cocina

no me sostendrán por siempre.

no hay fuerzas.

mis manos tratan de escribirme entre el fuego, 
las ampollas que explotan de tristeza, las lágrimas que no hacen más que avivar el fuego.

los cimientos destruidos que uso para arroparme de noche.

la idea de tenerme cerca jamás me había parecido tan lejana hasta hoy.

II

una prensa hidráulica se hunde sobre mi pecho
mis pulmones tosen su muerte,

nadie responde a mi llamado.

escupo sobre la alfombra 
porque sé que no voy a pisarla hasta que las cenizas sean indistinguibles,

cuanto me duele la vida en este momento.

III

una mano se abalanza sobre mi desde lo mas profundo del sillón en el que estoy postrado hace horas viendo la suciedad del suelo,

escucho al mismo cuerpo ausente que he sabido portar tiempo atrás
diciéndome cuanto lamenta habitarme de nuevo

mientras me arrebata la respiración de mi garganta.

siluetas irreconocibles tratan de morderme el cuello para dominarme a su gusto,
yo no acepto
no me niego, tampoco

si alguien quiere hacer lo que sea conmigo, bienvenido sea

se trate de quien se trate,

porque
no soy más
que 
una nuez vacía,
podrida
que jamás conocerá tierra fértil
para poder crecer de una forma u otra

el piso sigue sucio
lo voy a limpiar cuando amanezca

si es que no estoy muerto para entonces.

IV

oigo hielos que se rompen en un vaso que no es para mi

y a pesar de conocer el vidrio
nadie me ofrece un trago para matar esta acidez constante que significa estar  vivo.

el vidrio es vulnerable, tanto como uno, casi. 
acaparador de la extensión de la piel

cortador serial de labios vírgenes,
     con el filo de las guadañas menos favoritas de la muerte sabe presentarse ante mi lengua

quitándome el habla

y nadie despliega sus manos por mi ayuda
nadie advierte el frío de una lengua sin sangre, de baba roja.

no he hablado durante meses, es por eso que nadie me invita un trago,
que nadie reconoce que no he dicho nada

nadie espera que diga algo, nadie espera que le diga que lo quiero,
nadie espera de mi parte el nacimiento de aquel mínimo gesto de aprecio que reside en la sinceridad mas fuerte de cada uno.

me he cubierto con mentiras a lo largo de estos años y un abrazo, por más falso que fuera, para mi hoy sería fatal.

sé que no puedo cargar los hombros de los demás con mis propias culpas,
pero es que, ay
si ya no puedo dar un paso sin asquearme de pena,
sin ver el camino que he recorrido con todas esas huellas chuecas, inseguras, imprecisas, que no me hacen nacer ni una mínima pizca de orgullo.

doy un trago de sangre, esto lo he traído yo, nadie me ha acercado su vaso.

el vidrio es débil, y ahora no hay un espejo que sepa contener mi reflejo y mostrarme la propia debilidad mía con la que cargo
(que además ya reconozco en mi intimidad, donde nadie puede dañarme salvo yo)

doy eructos de fatalidad, vómitos agrios de las cosas que siempre me repito antes de dormirme.

me limpio con la cortina de baño porque otra vez no he llegado al inodoro
hay una harta fila pidiendo mi salida

y yo solo quiero dormirme 
sin antes repetirme de nuevo que no valgo nada, que esto que estoy haciendo ya no sé si tiene sentido alguno, que la noche cae siempre sobre mi 
y no sé cuanto más pueda seguir aguantando su peso.

V 

¿cómo empujar la rueda sin cegarla?
¿dónde guardar los ojos cuando ya no hay nada más que ver?

¿cómo terminar con lo que nunca quiso empezarse?

la necesidad de considerarse dígito,
a penas canto de grillo mutilado

saberse indecible,
intacto, 

con la ropa transparente destrozada, aquella vergüenza con la que cargo

y mi cuerpo, que no es ya
sino la fábula que no deja enseñanza, sino miseria.

mis rostros, vulnerando los límites de la atracción

las leyes de la aquello que no debe pronunciarse.

¿cómo terminar con lo que nunca quiso empezarse?

no debo merodear en recovecos que no me pertenecen, 
que no responden a mi llamado.

todo es aquello que haga falta,
las manos cubiertas de mentiras y deseos de insatisfacción,

soy un ahogado entre las cenizas un incendio que no fue.

VI

hoy llovió y no me enteré.

un choque en el departamento de abajo terminó por aniquilar mi sueño
una ambulancia atorada en el ascensor,

y veinte camilleros cayendo por el vacío.

un policía interroga a mi puerta a patadas.

yo lloro queriendo continuar mi sueño,
porque ahí no había nada que temer,
no existía la posibilidad de pensar en la efímera idea de la muerte, o en la idea de la muerte efímera, da lo mismo

no existía una sala velatoria en el hall de mi edificio,
una familia sin nada que perder porque ya había perdido todo
coronas de flores,
cinturones de espinas en los abdómenes de los condenados
y cuerpos maquillados según las tendencias de la temporadas pasada.

no era todo un ático de perversión y miedo,
   bajo mi cama, despierto, hundo todo el temor que me he guardado estos años
       aquel que sabe reventar en sueños (pero no lo digo).

nadie abraza a quien no se rie,
y yo no me rio porque el sol no se muestra hace decenios.

las temporadas de lluvias ya son demasiadas acumulándose entre los pocos días que restan de un calendario,
los cazadores de tormentas se han extinto

la luz se ha ido de mis ojos.

las plazas son edificaciones mortuorias para guardar a aquellos que ya no saben por qué mas sentirse apenados,
los árboles solo anudan sus ramas quebradas entre si esperando que un rezo colectivo les devuelva lo que la carencia les arrebató
los pájaros son solo refugios cadavéricos para las ratas que se encuentran prontas a apoderarse del mundo.

hoy llovió y no me enteré.

saben prevalecen aquellos que no ven más allá de si mismos,
lo sé porque hoy sigo de pie en mi ego.

el egoísmo de existir a cuesta de la tristeza de otros.

pero no quiero que sea así,
al menos, ahora no lo quiero, ya no lo quiero.

¿pero que puedo hacer?
si ya me he encontrado vacío, nadie quiere tocar un pecho desnudo que está frio, con los hombros apenados, aplastados de tanto empujar todas esas cosas que jamás quise decirle a nadie dentro de mi cama, nadie quiere tocar alguien que en los ojos solo tenga espinas, nadie quiere ver un par de ojos en los cuales ni la luna quiera reflejarse,

nadie quiere portar una cuota de anonimidad en el tacto,
nadie quiere saberse de los desconocidos, de los extraños

y yo hace tiempo que no me reconozco

reproduciendo para mi mismo aquel depósito por todo aquello que perdí y que jamás cobré,

el éxodo de la tragedia de mis palabras hacia su mirada
(perdón por todo)

VII

abandonos,
digo con confianza que de ahí venimos
de por ahí nacemos.

digo confianza como digo miedo, también

no hay realmente una seguridad para mi boca mal ensamblada, digo, es lo mismo gritar perdón
que decirte que
no quería
realmente hacer nada de eso

es decir, puedo gritar odio con la misma fuerza con la que me asfixio con una mano que no me pertenece
como hablarte al oído y decirte cuanto te quiero.

abandonos digo,
quizás de ahí es de donde venimos

de la falta, de la carencia, de las tierras con las malezas crecidas cortando nuestros piecitos sucios de tanto correr en círculos por no saber, por no pertenecer a nada, ni a nadie.

y digo abandonos como digo bostezos de no dormir por horas,
como digo cielos de aquellos (estos) nublados que no prometen más que llantos vespertinos

como digo temor a caminar, rechazo a afianzarme a un lugar que quizás no es mío.

digo abandonos como digo perdón, lo siento, no quise, no fue mi intención y como también digo que la verdad que no sé que estoy haciendo tratando de pedir perdón, no sé si a vos o a mi mismo, digo abandonos como digo pérdida de dirección del poema hablado, recitado, escrito o articulado con una re-organización de piezas de diarios que colectivamente hablan de mi sepelio, hace ya dos semanas.

digo abandonos como digo que me abandoné, como digo que te abandone, o como un pluralismo (nos/abandona/mos) ahí es donde quizás recae todo, donde quizás pienso que por eso mis dedos no dejaron de escribir desde que comencé a redactar este párrafo que no quiere llegar realmente a ningún lado, pero que mis oídos bien disfrutan el teclado chocando contra las yemas ampolladas de mis dedos, reventando líquido que no puede contenter ningún incendio, pero puede retrasar el llanto en el que posiblemente me termine ahogando mas tarde, después de bañarme, después de limpiar el suelo.

digo abandonos como digo suciedad, como veo la suciedad que tiene el piso, que quizás por eso no quiero caminar, que por eso no quiero ver más allá  de mi ventana, o de mi alfombra escupida (ya seca) y solo en mis sueños más bellos esté yo solo, viendo pasar el tiempo en la misma silla, pudriéndose mi piel al compás de mi canción favorita.

digo abandonos como digo aprendizaje

y aprendizaje como una auto-realización, como eso de saberse en la insuficiencia, exactamente eso, si, decirse que uno no es capaz no es malo, es darse cuenta de cuanto uno puede poner el cuerpo hasta el principio de aquella sensación agónica que tanto nos eriza la piel al encontrarnos en un momento cerca de la muerte.

y si digo aprendizaje como digo abandonos,
 en mi falta de tanto, en la carencia de la comprensión de uno mismo, del entendimiento del otro, de una voluntad para levantarse de la cama antes de que pasen las 20 horas seguidas

quiero decir que quizás tenerse tan presente puede ser peligroso, y no sé si quiero aprender algo de todo eso,

y nada más,
creo.

viernes, 7 de septiembre de 2018

ese segundo antes de estrellarse contra el suelo después de caer de un decimosexto piso

un torbellino dulce 
de palabras sepultadas en los labios,

no debo hurgar entre lo seco,
entre lo árido,
apenas si tengo el tacto para oponer mi piel ante sombras.

desde el precipicio veo 
ambos pies enterrados en el asfalto 

cómo símbolo de conquista 

o absoluta derrota.

ya no me veo reflejado en los rostros de vidrio,
las huellas de las manos se arrastran por lo que quedó de mis caderas.

fuimos el reflejo involuntario,
aquello que solo está permitido mostrar.

exhibición permanente.

el museo permanecerá cerrado por tiempo indefinido.

antes de que mis huesos besaran el ruido blanco
hospedé un silencio febril 
en la parte baja de mi columna vertebral. 

ahora el viento golpea todas las puertas 
hasta aturdirme

y nadie puede entristecer las bisagras, ergo
nadie abre.

nadie sigue mis pasos.

nadie sabe guiarme por un camino que jamás recorrí

¿acaso las tormentas no sé preguntan por el suelo en el que se desangran?

la inmortalidad de lo arbitrario

se me han revocado las ansias de soñar,
se me han escapado las fuerzas para hacer latir manualmente el corazón.

mi epitafio rezaría: 
nunca supo mirar más allá de un cielo hostil, 
pero casi saboreó en el filo de sus dientes

un recuerdo agridulce a medio masticar.

la garganta cerrándose para no tragar

un cielo que muere por el horizonte  diciéndonos que esta noche no nos pertenece.




Escrito con Lara

lunes, 3 de septiembre de 2018

artículo clasificado de un diario de hace tres semanas y nueve años

en retrospectiva,

¿quienes callaban
     la extinción?

con mis pulmones alimenté de aire el fuego que terminó por aniquilar mi voluntad,

y hoy no tengo uñas con las que clavarme en tierra,
como tampoco hay tierra que sostenga las yemas podridas de mis dedos malogrados.

las manos mías que abrazaron los índices del derrumbe,
hoy son las manos que acribillan el cuello vencido de los difuntos pidiendo clemencia.

la piedad de los incrédulos,

la insensatez de querer hacer siempre lo mismo y no sufrir represalias.

sé donde estoy,
sé que es culpa mía
                                                                   huí y abandoné 

y ahora me encuentro donde dejé todo la última vez.

zona cero.

y con las horas que el tiempo rechazó
no he hecho más que repetir verbalmente las oscilaciones del ruido en mis tímpanos a punto de reventarse

abro mi boca lentamente,
mientras ruego por su clausura inmediata,

el hedor a la podredumbre del silencio que nace luego de un eco ya no me genera nada.

pero aún conservo horas de material proveniente de un circuito cerrado de cámaras que fue testigo del paso de nadie,
de la suciedad acumulándose en mi rostro

de la piel caída, resquebrajada, echa a un lado, enmarcada de cerámicos rotos que fueron alguna vez mosaico que fue alguna vez escenario de un sueño horrible del que desperté traspirado y con las sábanas colgándome del cuello.

y hoy solo delimito un pequeño espacio en lo que resta de mi alcoba aniquilada por el fuego que hice nacer con mi aire
(ese que hoy tanto me hace falta)

para ver en un televisor blanco y negro como fui pudriéndome en silencio, sin ayuda de nadie
para poder dormirme sintiéndome peor que ayer.

sábado, 1 de septiembre de 2018

dieciocho kilobytes de miseria

un hábito 
es estarse cerca del fuego,

y atarse las venas como hilos para perder el miedo de caer a la nada.

las marcas agrietadas de la permanencia,
    el sedentarismo de la incertidumbre.

mal nombrarse continuamente para perder las ataduras, 
    porque la memoria sabrá recompensar con nuestro lecho de muerte

pregonando significado que la maleza terminará por enterrar.

un hábito
es estarse cerca del fuego,

sabemos que el primer contacto siempre fracasa,
sepamos entonces valorar la importancia del espacio practicado

porque es el extraño quien pauta su propia itinerancia en el lugar,

somos nosotros los que decidimos cuando dar un paso al costado.

somos nosotros quienes lloramos nuestras derrotas
en pasajes donde nadie pueda ver los rostros nuestros marcados por el duelo,

la pérdida, la falta, 
     la carencia en la lejanía

¿qué tanto tengo?
¿qué tanto puedo dar?

mis nudillos se hartan de frustración, 
   mis muelas cariadas despedazan las comisuras de mi lengua.
     
no sé respirar otro aire que no sea aquel que está enfermo.

¿como escribir lo que sucede abajo?
¿como escribir lo que sucede afuera?

no rehúsen el afecto,
no quieran enterrarse en el otro,

no acallen las voces que gritan desde sus vísceras más negras.

no hay tregua para el ardor de las pieles mas sensibles más allá de la negación.

esto no está pasando.
esto no está pasando.
esto no está pasando.

hay quienes se repiten en la idea de la esperanza
hay quienes ignoran la putrefacción de su carne

hay quienes ya se han ahogado en el río.

esto no está pasando.

hay quienes solo encuentran el fuego apagado, 
el hábito malogrado.

el declive de los costumbrismos.

el shock de darse cuenta que nada es para siempre.

viernes, 3 de agosto de 2018

aquellas cosas que encontré olvidadas en mi garganta y doné a caridad

I

las manos aferradas en las caderas de lo incierto,
las uñas clavadas en el barro seco de columnas que una vez resguardaron el techo que hoy uso de catre.

una invitación a pelear por aquello que más quise y el temor de pensar que ya perdí hace mucho.

II

el rechazo
ya no viene solo,

 colapso inminente.

III

si no puedo señalar 
   más que con mi cuerpo desnudo,

sabré que mi norte estará enfermo.

que la permanencia me castigará con cicatrices.

que dos clavos oxidados
entre las venas más negras de mis pies mutilados

me obligarán a ver como se prende y se apaga el alumbado público.

que la cara mía, buscará a los astros mirando hacia abajo

dos enanas rojas coagulantes
    (muy malas, por cierto)

que no vendrá a mi nadie señalándome con su cuerpo,
pues no hay norte,

pero si miedo.

IV

saber que no hay marco que sostenga el peso de la puerta que llevo a cuestas

y oír a las bisagras punzando de dolor,
 mientras un picaporte de cristal se entierra en mi pecho

es asegurar,
 por proceso de eliminación  

  que nadie oirá mis plegarias.

V

la represión como arma de doble filo,
morder las paredes es un mecanismo de defensa cuando las circunstancias lo ameritan.

la mandíbula alberga celosamente decenas astillas enterradas como tumbas en mi paladar.

los cuidadores no aceptan flores
y los muertos insisten en no ser recordados.

la lengua es víctima,
 no victimario

le duelen los nervios y babearse.

hay una llaga bajo el colmillo inferior derecho que espera su caricia para reprocharle el dolor que le causó.

la lengua sufre de culpa,

la lengua es víctima,
no victimario

los cuidadores no aceptan flores,
y los muertos, olvidados.

mientras la mandíbula no responde a estímulos, sino a espasmos y orgasmos de bruxismo.

los dientes limados,
la represión como arma de doble filo.

VI

mil bocas muriendo sobre un mismo abdómen,

con el ombligo desangrando la misma indiferencia ante la cuota alimentaria sobre el piletón de la cocina, a la cual se le diluye la tinta entre tanto traste sucio.

tres paquetes de fideos oxidados, quemados
intentan escaparse por el desagüe,

pero son rechazados.

diagnóstico: trombosis provocada por coágulo conformado por cuerpos de pequeñas ratas.

podría hacer algo ahora, pero mi estómago se anuda a si mismo con partes de mi intestino delgado.

un diente que ignoraba haberme tragado 
me descoce una úlcera que pacientemente bordé con hilos de cera.

novecientos noventa y nueve bocas mueren sobre un mismo abdómen,
la mía ya ha fallecido.

el estómago declarará su muerte por asfixia en algunos minutos

un papel en blanco y arrugado en el piletón de la cocina

y ningún lugar 
donde caer muerto.

VII

galería de la urbanidad post-moderna: un blister de pastillas ordenado como una pintura de mondrian.

VIII

una gotera golpea reiteradas veces contra una olla marcando el inicio de centenas de rounds de boxeo en simultáneo. 

las capas y capas de grasa enturbian el agua,
mi reflejo sub-expuesto con pedazos de animales muertos hace semanas me transmite mas confianza en mi mismo.

el horno está prendido hace días y la puerta invita a pasar a cualquier interesado.

los cuerpos marchitos se descomponen en mi reflejo
que va olvidándose poco a poco.

cae una gota en mi frente, 
luego otra, 
luego otra 

y luego decenas a la vez.

la lluvia arde, 
mientras que mi piel intenta persuadirme de que puede soportarlo, 

pero yo sé que se muere de miedo.

me pican las vértebras, pero mis manos están enterradas en el cerámico de la cocina, los nudillos quebrados y las uñas aferrándose a las columnas.

yo sé que me estoy muriendo de miedo.

el horno explota de gas y me quema las pestañas, las cejas, mi mechón de pelo favorito y los labios.
trato de producir saliva para cauterizar, pero solo me nace vapor salado.

mi paladar está prendido fuego, pero el horno ya no funciona.

el vecino del piso de arriba, quien creí muerto hace semanas, tira la cadena de su baño.

siento caer el agua entre las paredes.

siento el techo desangrarse.
   por suerte la olla sigue ahí cuando cae la primera gota.

fin del primer round.

K.O técnico.

IX

vivir en una heladera,
  ver crecer los hongos desde adentro.

lunes, 16 de julio de 2018

(untitled)

I

hay siete dagas clavadas en el mismo punto del pecho de una figura de la vírgen.

los mangos de las finitísimas armas
tienen un rosario enredado entre sí con la cuerda desgastada, a punto de cortarse. 

el confesionario vacío se traduce en que ya no queda nada más por qué rezar

¿y por qué rezar?

los largos bancos de madera hinchada aún guardan las hendiduras de las rodillas más frágiles.

hay una pared que anuncia la ausencia de un crucifijo.

el rosario se rompe
dejando caer sus cuentas que se esparcen como granos de arroz viejo por el corredor.

no hay padrenuestro,
no hay ave maria,

la sangre de los ojos de la vírgen

se escapa por las rendijas de un desagüe, mojando mis pies a su paso.

las dagas se desprenden y se incrustan en las varices de mi pie izquierdo
al mismo tiempo que la estatua cede por demolición planeada,

la sangre se contamina y ya no se traduce como nada
no se entiende como algo,

porque ahora mismo podría ser la última manifestación de lo divino

o bien,
desechos del baño tapado de una estación de servicio escondida en el medio de la nada, que buscan salir al mundo. 

II

hay quienes no se saben como alguien,
luego estoy yo, que no dejo de repetir la ausencia que significa olvidar decirse.

estando acá,
queriendo irme.

existe la urgencia de quedarse quieto al borde del mundo

con la boca atada por alambres rotos y re(h)usados

que lo único que asegura es que la voluntad sea,
inevitablemente,
quebrada

así al caer, 
nadie se dará cuenta de que verdaderamente me he hundido

y he tocado fondo.

así, pasando los días distinguiendo temores entre los temores,
evitando hacer frente a la idea de hacer frente a algo a lo que le temo.

soñando con un hombre, que entiendo que soy yo,
   el cual entierra su mirada entre los restos de un jardín infértil

prometiendo 
  jamás volver a caer
  
en el horror que significa buscar un hogar en el que ya sé que no queda nadie

y estar ahí
  y querer irme.

III

extender mi mano
para que la picoteen los cuervos

e interpretar disonancias con mis venas abiertas.

ó

dar mi espalda como ofrenda
para que aniden los ecos de lluvias más duras.

no hay diferencia.

no hay forma de no doler al ofrecerse.

IV

re-ordeno trozos despedazados de viejas fotos familiares mal encuadradas.

todas las personas que no conozco, 
que no recuerdo,
que me alzaron en brazos

portan sus rostros cortados.

toda mi familia
decapitada

y yo, ahí
en los brazos de nadie,

mirando al cielo.

V

toco la noche con las mismas manos con las que me aferro a la miseria.

cuento las manchas de humedad sobre mi almohada
imaginando pinturas de un mundo flotante entre las manchitas de moho.

mi ventana da a un pulmón de un edificio que sabe bien como esconder el horizonte,

mientras otra ventana, en paralela a la mía
alberga una cocina inundada.

una luz sucia alumbra las pequeñas oleadas de agua podrida,
  una luz casi tan sucia como esa cocina

una luz que en su pantalla guarda guarniciones enteras de insectos que volaron hasta quemar sus alas.

por los espacios de las baldosas de mis paredes
filas y filas de hormigas caminan y organizan como tomar control de las sobras de una cena de la cual no probé un bocado y dejé morir a la intemperie hace ya dos semanas.

hay moscas volando sobre el cadáver de mi gata, que estaba harta de esta vida.

toco el interruptor de la luz de mi cocina con las mismas manos con las que toco la noche, que son las mismas con las que abrazo a la miseria.

y la abrazo por no saber de algo mejor.

la noche me quema, me corta, me arde, me escupe en la cara y me arroja desde la terraza de mi edificio.

la miseria solo mora.

la miseria solo mora, mientras la pantalla de la luz va hacinándose de cuerpos de insectos caídos, 
atraídos por la idea de un calor mas intenso

la miseria solo mora, mientras los platos comienzan a llegarme a las rodillas
  y el desagüe colapsa en mi cara.

la miseria solo mora, mientras la abrazo aún mas fuerte,
  mientras me resbalo de ella

y caigo en un agua sucia, casi tan sucia como la luz, con las moscas migrando del cadáver de mi gata, que se descompuso hacia el piso de abajo, con la misión de tapar el sol

y el edificio de enfrente, bien sabe cubrir el horizonte

y la miseria solo mora, mientras la noche arde, arde, arde,
  y me asfixia

y me ahoga arrastrándome a un punto donde no existe mas que agua, mas que platos y donde la luz, bien se ha quemado o finalmente alcanzó el cupo de insectos practicando adoración post-mortem necesarios para privarme de brillo.

después de eso, ya no queda mucho más,

la noche sigue ahí,
  presenciando como alguien más ve mi cocina desde una ventana.

VI

¿era esto, entonces?

ambos sabíamos que no era suficiente.

VII

entre los escombros
hay algo que no distingo, 

mi nombre entre los cimientos.

las labios cocidos con cera 
murmuran una canción que cantaban en la infancia del mundo.

los ojos se pierden más allá de los párpados para ver destellos que les devuelvan la esperanza.

de mi boca emergen gritos,
que perdiéndose entre las viejas paredes de mi primera casa,

crean ecos que asustan a los carroñeros.

la última silla en pie, con mi nombre tallado en su respaldo, 
me ofrece una vista privilegiada

de los últimos días.

VIII

tu boca no dispara
porque duda.

IX

01110011 01101000 01110101 01110100 00100000 01100100 01101111 01110111 01101110.

domingo, 1 de julio de 2018

cincuenta y seis minutos deseando estar en otro lugar

me despierto

reconozco a los extraños,
pienso que he sobrevivido a la destrucción.

me veo

y otra vez me dormí vestido,
y otra vez hay niebla afuera.

por ahora todo va bien.

otra vez no me cambié de ropa
y otra vez la niebla me da miedo.

por ahora todo va bien.

-runtime err0r-

hoy me corté la mano.

no me dolió hasta después de algunas horas
cuando recordé que me la había cortado.

¿por qué me corté la mano?

nadie entra, ni sale de mi casa hace tres días.

mi mano derecha le pregunta a la palma de mi mano izquierda si estaría dispuesta a realizar una rueda de reconocimiento entre sospechosos.

me dice que teme por su familia, que es, curiosamente, la mano que la interroga.

ambas se funden en un abrazo,
la sangre seca se le queda pegada a la palma derecha.

llevar la herida del otro.

hay dos líneas en mi mano izquierda que se le agregaron a mis antiguas cuatro lineas que llevo desde mi nacimiento,

quizás yo realmente pueda decidir mi futuro,
   si es que mi futuro ha de tratarse de auto-mutilación y ausencia de memoria.

de todas maneras, ¿qué mas da el futuro? si hoy no puedo salir a la calle, tampoco quiero.

la niebla me da miedo,
me hace vulnerable porque no puedo ver más allá de mis propios pasos

y me asusta tenerme de referencia a mi mismo.

la mano grita, ríe.

se ríe de mi.

y yo sé que lo merezco.

por ahora todo va bien.

ahora es de noche

y estoy alrededor de muchas personas que conozco,
que quiero,

pero aun así no me siento bien, 
sé que no quiero estar acá

y es mi casa.

estoy escuchando anécdotas sobre accidentes viales que entreoigo por decisión propia.

no me interesan.

siento que la conversación cambia de tema cada vez que abro y cierro los ojos.

ah, debe tener implicancia la idea de la integración voluntaria como elemento base de la felicidad.

sé exactamente como estar donde no quiero.

abro los ojos.
los cierro.

estoy viendo como el mismo vino que me serví hace 20 minutos asesina a los dos cubos de hielo que le arrojé dentro para que mitigue el calor que significa mantener esa botella de vino al lado de un caloventor.

es invierno.

el frío sabe bien como doler.

y ahora estoy en instagram y debe significar algo que mencione instagram en una poesía porque detesto mencionar redes sociales o cosas por el estilo en las cosas que escribo,

pero debe significar algo porque estoy viendo los perfiles de mis ex-compañeros de secundaria y lo estoy escribiendo 

y los estoy mirando

y no sé porque los estoy mirando,

pero pienso, dios,
realmente la secundaria deja secuelas.

leo cosas que no me interesan,

y no sé porque sigo leyendo, cuando realmente no lo estoy haciendo, no sé porque estoy haciendo esto.

siento que algo de todo esto está roto,
que algo no debería ser así.

no se siente fluido.

hay cortes.

como si realmente fueran importante las cuidadosas elecciones de palabras que uso.

como si no supiera hilar bien mis ideas.

como cuando sentís que te han desarmado y no te han re-ensamblado correctamente.

como cuando hay una pieza que falla (claro, acabo de decir que algo se sentía roto, idiota, pero no es tiempo de arrepentimientos)

como cuando hay cucarachas trepando tu brazo por no haber limpiado tu cocina por meses y sentis algo de calor en el abrazo de su seis patas.

está mal.

como cuando te despertás un día

y reconoces a los extraños

y pensas que has sobrevivido a la destrucción
aun sabiendo que no es así.