sábado, 1 de septiembre de 2018

dieciocho kilobytes de miseria

un hábito 
es estarse cerca del fuego,

y atarse las venas como hilos para perder el miedo de caer a la nada.

las marcas agrietadas de la permanencia,
    el sedentarismo de la incertidumbre.

mal nombrarse continuamente para perder las ataduras, 
    porque la memoria sabrá recompensar con nuestro lecho de muerte

pregonando significado que la maleza terminará por enterrar.

un hábito
es estarse cerca del fuego,

sabemos que el primer contacto siempre fracasa,
sepamos entonces valorar la importancia del espacio practicado

porque es el extraño quien pauta su propia itinerancia en el lugar,

somos nosotros los que decidimos cuando dar un paso al costado.

somos nosotros quienes lloramos nuestras derrotas
en pasajes donde nadie pueda ver los rostros nuestros marcados por el duelo,

la pérdida, la falta, 
     la carencia en la lejanía

¿qué tanto tengo?
¿qué tanto puedo dar?

mis nudillos se hartan de frustración, 
   mis muelas cariadas despedazan las comisuras de mi lengua.
     
no sé respirar otro aire que no sea aquel que está enfermo.

¿como escribir lo que sucede abajo?
¿como escribir lo que sucede afuera?

no rehúsen el afecto,
no quieran enterrarse en el otro,

no acallen las voces que gritan desde sus vísceras más negras.

no hay tregua para el ardor de las pieles mas sensibles más allá de la negación.

esto no está pasando.
esto no está pasando.
esto no está pasando.

hay quienes se repiten en la idea de la esperanza
hay quienes ignoran la putrefacción de su carne

hay quienes ya se han ahogado en el río.

esto no está pasando.

hay quienes solo encuentran el fuego apagado, 
el hábito malogrado.

el declive de los costumbrismos.

el shock de darse cuenta que nada es para siempre.

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