martes, 30 de abril de 2024

detrás de las alarmas

para todo una llave más. hartazgo: líneas y cruces.
cinco hombres rotan la labor frente a la puerta rota,
los que no intentan, miran
y así
hasta que uno se cansa
y la tumba.

con carpa,
buscando el reparo
para hacer arder la madera; fósforos
son dientes de amenazas, mi brazo
quiere ir más allá de donde puede verse.
la lumbre es un chasquido, pero no sé
por qué dentro de mi boca todo sigue oscuro.

plegado en vegetal torsión,
lentamente los extremos ceden hacia afuera,
curvan su forma y un nutriente asoma.

hundo mis dedos en la tierra,
arando de a rasguños.
no lloro, pero escupo: que el sol sanitice lo de ayer.


escrito con palabra hueca

sábado, 23 de marzo de 2024

barro

las islas mutan por trago
quizás por una chispa, la roca madre de la península
me abandonará para reducirme a un islote en el medio de impulsos
que empujan pedacitos de tierra
como aquel que tenes al lado
que carga una pregunta contorneada con pólvora,
pero se asusta cuando sabe que las luces anuncian
el peregrinaje.

¿quisieras reemplazarte los ojos? ¿o dárselos a él?

nuestras fugas simultáneas saben trazar el perímetro
exacto para poder remojar los pies en ese mar sintético y extraño
dejando caer, acurrucadas, esas lágrimas de artificio.

tengo furias que envolver, no molestes
y sí, corren a lo largo de mi piel, divirtiéndose en mis manos.

perdón, esos descuidos por los cuales salvaguardamos las distancias
no pueden evitar que fije mi mirada en las perlas crudas que florecen en la boca interna de tus mejillas 

me gustaría querer pedirte algo hermoso,

algo casi tan hermoso como un tarro de pintura reventado contra el asfalto dibujando dos alas anónimas.

algo casi tan hermoso como recitar la misma canción antigua que te cantaba tu abuela.

algo casi tan hermoso como que pronuncien tu nombre.

¿cómo me llamo? 

por favor, más allá no hay nada más que esto.

martes, 27 de febrero de 2024

despliegue de invitaciones infinitas

en ronda,
nodrizas cantan con las manos
canciones sobre dientes amarillos 

de como muerden, con fuerza,
esas úlceras que recubren el cielo como nubes

y como la sangre estancada dibuja, en picada, caminos invisibles que dentro de millones de años
moscas incrédulas replicarán, sin saber que el final realmente solo significa el final.

la colección de alitas que decoran el cuello de quienes siguen entregando su corazón a la memoria de la luz pasada
zumba un poco solo cuando la fe parece desbordar los cuerpos.

el resto del tiempo,
aquel que transcurre cuando la carne no sufre de espasmos divinos,
pasa como siempre: desprendiéndose sobre sí mismo
cómo cáscaras de vertederos,
belleza anecdótica:

¿qué es florecer estando roto?

¿acaso la única estrategia es replegarme mientras todo lo demás me avasalla?

con los flancos inundados,
el único consuelo de la delicadeza es que (cree) significar la continuación del compromiso con la crueldad.

resulta una pena el desperdicio de ignorar la caricia como lenguaje.

los pelos se erizan como un pastizal descuidado
y el sol de mediodía quema de adentro hacia afuera

y no, ese no es el miedo
sino aceptar que la blandura no es sinónimo de quiebre.

más allá del refugio
la astucia no premia.

¿de qué sirve hablar en sombras si todo es indistinguible?

la retirada surge como la única respuesta lógica,
pero a pesar de eso, aun estoy esperando la señal para echarlo todo a perder
mientras bailo al ritmo invisible del colapso
hasta terminar de volverme obsoleto.


miércoles, 21 de febrero de 2024

la procesión de los apicultores (para recopilar puntillismos, restos de la danza de las libélulas)

no se me ocurrió disolverme en refucilos compactos,
pero si dar tiempo para el cultivo de la enfermedad.

estirar y contraer el brazo hasta el calambre intentando accionar un motor de deseos exhausto,
solo deja una nube residual de esperanzas petroquímicas.

el secuestro de la lumbre es la muerte de la vigilia.

las manos amordazadas en cera
aun preservan la ambición
de fabricar la quimera
que aniquile al duelo.

el adiós a la reconciliación es el punto de partida
antes de tomar el hábito de esculpir engaños
y portar el yelmo de los falsificadores.

confieso encontrar un impulso sincero en la hostilidad,
algo así como un abrazo a una brutalidad primigenia que busca devorar cautelas
para fundirse en una constante que es una noche ensordecedora e inacabable.

la caricia,
el olor a blanco,
murmuros que provocan el hundimiento.

el afecto esta ahí, permanece intacto.

me desarmo en caudales
de ríos espesos,

corriente abajo,
sueño ligero.

me engaño creyendo que el filo solo carga contra el aire,
pero una daga se me acerca con delicadeza
y me señala donde está la herida.

un refugio sordo
disloca mis pasos para ubicarme
donde no hace mucho supieron emboscar promesas,

la complejidad del asombro no es más que un ave rapaz
que surca a toda velocidad tu columna, mientras que con el pico hurga entre las vértebras,
enviando oleajes al resto de tu cuerpo.

el susto, la presa desarma la tracción.

una crucería de nervios afilados sostienen apenas la piel,
mímica de yurta, dientes de coral.

no hay superficie que pueda fregar lo áspero de la voz
si es que la garganta se derrumba sobre sí misma.

no hay razón para seguir matando ángeles.

el nudo que recubre mi pecho no afloja.

los callos de las manos duelen de manipular los escombros como flauta.

en los huecos solo queda aire hirviendo
y la imposibilidad de aplacar los estallidos de la cabeza que aun continúa buscando un lugar donde construir un nido.

martes, 6 de febrero de 2024

deposición del presente en favor del mito

la descomposición de las líneas creó el ruido de las lluvias,
las cuales existen aisladas sobre parcelas diminutas
que son pequeños santuarios, manchas del deseo
en las que habitan decenas de miles de rostros posibles.

las tormentas no son íntegras, pero no hay un sol que salvaguarde los espacios vacíos,
no hay un camino que organice las pequeñas aldeas,
solo hay alas de agua, a las cuales les da forma un viento mecánico.

no distingo la verdadera amenaza de las microfisuras en el aire,
tantas voces distintas llaman por un nombre similar al mío.

prepararía una visita para cada una de ellas
para desvestir todas esas capas y capas de miedo y enterrarlas en el cementerio de las cruces
donde pude ver como caían las estructuras de alta tensión.

el descarrilamiento es tan lento y doloroso como caer en una pila de ruido.

la frecuencia de la cacería aterra a los animales ciegos que, bajo tierra,
recuerdan que situar el oficio del instinto en bocados
se premia con vivir por una noche más.

la exhibiciones no poseen naturalezas inquietas y curiosas, sino más bien reiterativas y teatralizadas,
la composición debe ser precisa, afianzando aquellos ademanes que se acercan más a la idea de serenidad.

dormir sobre una pila de voluntades, o
arrancar las pequeñas catedrales calcinadas de las manos de quienes siguen creyendo, o
tratar de descifrar musgo deshilachado, o
agitar el sonajero que avispe al bebé que duerme en el centro del mundo, o
cultivar campos en los que los ángeles desearían retozar, o
seguir el sonido por donde más se curve, o
susurrar lo que ven las nubes, o
servir té de jazmín sabiendo que la carroña celebra su banquete cuando todos duermen.


domingo, 24 de diciembre de 2023

antes de pulverizar la luna

las flores invisibles
son rudimentos para la vigilia impostergable.

los guardianes recolectan a los extraviados,
mientras cáfilas de susurros confabulan para re-componer los nombres de los gigantes difuntos.

aquellas sombras de glorias pasadas
acarician los alrededores de estructuras que no guardan lugar hacia sus adentros.
en un santuario de escombros, una cruz tornasolada apretada en un único hueco seco
advierte que eventualmente nadie va a volver acá.

en playas de cristal
la danza no es danza, sino alivio inútil
por el agua hirviendo que pellizca pies descalzos.

la gargantilla de colmillos líquidos de depredadores fosilizados
tiene los nervios al descubierto, que caen como hilos grises,
y ofician de soporte para una hamaca ubicada en el centro de un pecho.

hormigueros de cromo
resguardan el corazón de los androides, que no es más que un enjambre
de posibilidades.

podemos volver a ensayar todos estos escenarios las veces que queramos,
pero siempre nuestra órbita va a permanecer imperturbable.

los cielos se extinguen
mientras nuestra forma se descompone
y nuestros sentimientos a hipervelocidad, quizás se vuelvan un ruido
indescifrable que resuene sobre el oído de un anónimo
en el medio de la noche.


jueves, 30 de noviembre de 2023

donde las moiras juegan a las escondidas

caen babas de seda
desde un techo infinito.

las manos de las acróbatas están callosas,
arden al contacto con la tersura de los dioses
que imprime ampollas que como bocas vivas vociferan hasta estallar de histeria,
lloviendo sobre las cabezas diminutas que no pueden hacer otra cosa
más que ver hacia arriba.

en esas manos rotas, ahuecadas
hurgan morosos infantes
tratando de reemplazar
momentáneamente el mañana
con el mármol estreñido,
y la quijada punzante de palabras
que esperan fundirse en la escollera próxima a la intemperie.

los asombros son relicarios,
anexos de un sentimiento ya extinto.

los afectos son amparos,
última defensa antes de la derrota.

hay brutos quienes elevan formas sin sombras a modo de plegaria.

¿cuál es el deseo que yace bajo las tempestades de cientos de miles de pechos?

¿acaso bajo todos ellos está lo mismo?

si arranco una parte de mi
y la extiendo a un cielo que no me responde.

¿podré volver a dónde alguna vez vi crecer las flores?