I
este comentario es prueba viviente de que alguna vez supe estar acá.
II
no doy mi voz,
no medio entre el silencio y la ausencia.
no sé verme a través de ojos que ya me han visto demasiado tiempo.
III
no soy mi voz,
sino el miedo depositado entre el silencio y la ausencia
el mismo cuadro colgado
en el mismo baño
roto por las mismas manos
visto por la misma cobardía que guarda mi mirada
manchado de la sangre de la impotencia
aturdido por el mismo grito del ardor.
IV
llueve
(después de tanto)
el agua se hace lugar entre las fisuras de mi ventana
(esas que jamás tapé)
la corriente me besa las rodillas
(una de ellas no responde)
el viento quiere habitar mi espalda
(no sé como decirle que no quiero)
no sé como decirle que jamás aprendí a decir que no, pero que en serio no quiero.
las ventanas aplauden, insistentes
tratando de apelar a mi necesidad de valoración ajena para corromperme
pero no puedo ceder por un aplauso,
no por el vitoreo del público (inducido)
sino por la falsedad de mi victoria,
¿qué aplauden? ¿a quién quiere seducir la tormenta?
yo sé que a mi no,
no soy nadie para que por mi, el cielo explote de luz
la corriente avanza por mi cadera, besando apenas los labios de un toma-corriente intruso.
-salto de térmica-
afuera hay autos que son remolcados por una intersección de lagos.
mis manos me han sido borradas
(esto si que lo merezco)
V
soy el ataque de tos en el medio de la noche,
la garganta irritada
y el agua a temperatura ambiente que escupo sobre la pared
dejando una silueta que, entre tanta oscuridad, se asemeja a mi
y me veo
enfermo,
tosiendo
confeccionando un crucifijo de colillas de cigarrillos que fumé hasta la mitad,
erigiendo una estatua de flema reseca
entre rojiza de sangre y negruzca de muerte
no para recordarme, sino para derribar(me).
soy los hongos creciendo en las juntas de los azulejos de una bañera que jamás fue limpiada,
soy el papel higiénico usado que tapa el inodoro,
el agua que rebalsa
y las manos sucias, sucias, sucias
que secan las lágrimas de una tristeza aún repugnante.
VI
creí saber caminar por donde nada parecía tener nervios
donde parecían no haber sombras,
donde suponía, no celebrábanse duelos.
creí no conocer nunca
el terror de tener paralizada la mandíbula
entre el cordón de una vereda
para evitar derramar más lágrimas
que despertasen lo más horrible de lo que llevo dentro.
creí no cargar nunca
con el peso de todo lo que le delegué a la memoria
jamás encontrarme con todo lo que enterré
esperando que un alud se lo llevase lejos.
creí depositar la fe
en una solución
y no en la postergación de lo que, creí, inevitable.
VII
homicidio involuntario: abrir con violencia la puerta de una heladera con las bisagras oxidadas de décadas. dejar caer el último vino (ajeno, además) (añejo, por demás).
ejecución verbal como castigo público.
la pena será implementada al dar el vidrio contra la cerámica.
VIII
tentativa de hurto imaginario: leer palabras en un libro que me hagan pensar que con otro orden, serían un gran poema; darme cuenta que ese poema ya está escrito y mucho mejor de lo que me había imaginado.
IX
desistimiento voluntario de afrontar aquello que es cierto.
eso que boga
que un día, todo, absolutamente todo va a pesar
y que ese día es hoy,
y que es impostergable.
me tomé el tiempo para defraudarme y cansarme de este cuerpo que no se recicla
del deber, del obrar
pronunciarse por aquello que nadie puede quitarnos
a donde irán a parar todas esas piedras que pateé; tan indigno es mi espacio
no sé a donde ir
y las piedras
como las piedras
en simultáneo, el abandono de dos cuerpos
el recuerdo de jamas asumirse derrotado aun teniendo las manos vacías.
giro y giran las palabras que impactan sobre las botellas vacías que dejamos. quisiera ver el esplendor de esos choques eléctricos pero estoy ciegx y encerradx en el living con pena
y sin dinero
aprender a deshilachar las vulnerables costuras de las contra-indicaciones de la identidad
digo, que seamos quienes nosotros querramos ser
siempre
propuse arañar las paredes hasta dejarlas limpias
en penitencia, la frente ahueca adoquines en su perseverancia
las muñecas atadas de susto,
y los ojos que piden a gritos volver a ver el cielo
y mientras mi cama se ensucia de cenizas me prometo, quizá a algun santo también, no pensar más en lo que espera,
pero hace frío
Escrito con La Pauli
hoy desperté
decidido a abandonar todo lo que suponga un riesgo,
a dejar morir mis palabras disueltas en anti ácidos que los estómagos más débiles rechazan.
a concebir el diálogo como un ejercicio de exclusión de letras,
a hundirme en la constancia del anhelo por esperar respuesta de una pared de ladrillos ahuecados a la que le grito por horas
durante días,
la determinación se hace a partir de la constancia
a pesar de que el deseo jamás está seguro de que quiere.
hoy desperté
decidido a quebrar con mis nudillos una vitrina que exhibe un gabinete que encierra las almas más hermosas de esta parte del barrio,
pero no para dejarlas en libertad, sino para rematarlas al mejor postor,
la belleza no tiene nada más que hacer aquí.
a causa de los sucesos que han acontecido a mi cotidianidad estas últimas 72 horas
es, creo, mi deber anunciar que el amanecer ha sido clausurado por falta de público,
que los picos de los gallos serán fundidos en las próximas horas, convirtiéndose en instrumentos para los arrieros famélicos
sea sopa, sea hoz, no me interesa.
hoy pregono que las manos no saben que buscar entre la tierra,
y que el suelo no provee más que falsas esperanzas.
y mi piel,
que ya no se eriza ante la noche,
ha perdido la facultad de distinguirse de las sombras.
hoy, entonces, desperté con la piel siguiéndome,
bajando por el ascensor conmigo,
cruzando la calle de manera errónea
evitando el contacto visual con las mismas personas que tengo documentadas en los pasajes de mi memoria y que se que me miran esperando respuesta,
hoy llevé mi piel a cuestas,
pero no le di importancia,
solo seguí como me mentalicé durante la hora y media que estuve sentado en mi cama semi-desnudo después de haberme despertado
usando toda mi concentración en visualizar una de mis zapatillas, esa, la izquierda, la que está rota y andrajosa y no quiere seguir caminando,
pero que yo obligo de todas formas.
hoy caminé por islotes de pequeñas baldosas desencajadas de lugar, raíces que quieren levantar el concreto al cielo, o que solo quieren doblar tobillos de la gente que tiene las esperanzas muy altas,
hoy salté y salté por charcos para no mojarme, cosa extraña porque no ha llovido hoy,
quizás se trataba de agua estancada, entregándose al calor del sol para evaporarse y llover con mas violencia sobre un lugar en el que pueda fluir y ser caudal.
hoy conocí dos calles que nunca antes había visto,
pero el rollo con el que documento se veló camino a casa y solo tengo un gris metálico en la cabeza de aquellas direcciones
quizás eran así,
pero dudo que la curiosidad me lleve de nuevo hacia allá,
los nómadas siempre perecen ante lo desconocido.
hoy vi tres personas en la fila para hacer un trámite dentro de un edificio de la municipalidad desayunando clavos, y luego vomitando en urinales la piedad que se les negó todo este tiempo.
caminaba por abajo de mi edificio, ya volviendo de solo recorrer distintos estadios de una misma ciudad como si fueran escenarios de una historia elipsada,
caminé y me paré por haber pisado una rama rota,
rama que al ver hacia arriba, descubrí que era el pilar de un nido
nido que era un hogar quebrado
que los trámites de divorcio se aletargaban por el avasalle de las discusiones
que los picos clavados en los pechitos colorados de los otros
que dos pajaritos con las bocas hambrientas rogaban la comida regurgitada que sus padres le prometieron horas atrás
y que bueno, que esto, que lo otro, que va y viene.
decidí conservar la rama,
por la noche observé la caída del nido
el vuelo de los pájaros nocturnos sin saber como localizar su norte
las risas burlonas de los murciélagos postrados boca abajo, escondidos sobre el tapa rollo de mi persiana podrida
y sobre mi mano una rama que para mi no significaba nada, una metáfora quizás, pero por la que a esta altura ya no tendría sentido estancarse
ato en mis muñecas las costuras de mis sábanas para alivianarlas de tensión,
para perder noción del tacto y que todo duela un poco menos
para delimitar bien el paso de mis venas y cartografiar mi antebrazo para futuras rutas y vías de escape
y sobre un pilar de pequeñas maderas que sostiene a duras penas mi techo
con mis manos blanquísimas
coloco la rama, para ver si de todo esto que es malo, puedo dar realmente algo bueno
(contra todo pronóstico)
la permanencia de mi hogar, a cuesta de la pérdida de cientos de otros.
ahora pondría una analogía que funcionaría perfecta como un cierre de todo esto, pero no la recuerdo
y no sé
si necesariamente tenga que existir una clausura
[la dualidad -
despertarse/dormirse
día/noche
significa algo?]
ahora mismo está sonando una alarma, pero mis memorias de las últimas 5 horas me advierten que no me acabo de despertar,
el día está soleado,
la gente camina por la calle ignorando que llevan su piel amordazándolos con cuchillos en la aorta por detrás,
los gallos no cantan, pero los arrieros decapitan a su primogénito con el filo de la mañana
es el equivalente a un suicidio de un octavo piso antes de las 8 AM (ja, irónico)
yo no visualizo moviéndome de esta silla, al menos por unas horas, no veo más que mis dedos dialogando los impulsos eléctricos que llegan desde mis sinapsis (perdón ¿es plural asi? no entiendo)
y antes de cerrar, aunque, de nuevo, no sé si necesariamente tenga prevista una clausura formal de esto,
atisbo una joven pareja armando un nido sobre la rama más frágil del árbol frente a mi ventana,
jamás especulen con los pronósticos, sepan ser dignos contrincantes de las circunstancias.
I
hoy
creí oír a alguien pronunciar mi nombre,
pero no vi más que un incendio borrando los lugares a los que jamás me atreví a ir.
el aire que hoy corta mi frente,
sé que mañana habrá de cerrarme la garganta
y mis rodillas
apoyadas sobre los dibujos que hice de pequeño,
cuya frustración hoy utilizo como refugio para no cortarme de nuevo con los cuchillos que jamás levanté de mi cocina
no me sostendrán por siempre.
no hay fuerzas.
mis manos tratan de escribirme entre el fuego,
las ampollas que explotan de tristeza, las lágrimas que no hacen más que avivar el fuego.
los cimientos destruidos que uso para arroparme de noche.
la idea de tenerme cerca jamás me había parecido tan lejana hasta hoy.
II
una prensa hidráulica se hunde sobre mi pecho
mis pulmones tosen su muerte,
nadie responde a mi llamado.
escupo sobre la alfombra
porque sé que no voy a pisarla hasta que las cenizas sean indistinguibles,
cuanto me duele la vida en este momento.
III
una mano se abalanza sobre mi desde lo mas profundo del sillón en el que estoy postrado hace horas viendo la suciedad del suelo,
escucho al mismo cuerpo ausente que he sabido portar tiempo atrás
diciéndome cuanto lamenta habitarme de nuevo
mientras me arrebata la respiración de mi garganta.
siluetas irreconocibles tratan de morderme el cuello para dominarme a su gusto,
yo no acepto
no me niego, tampoco
si alguien quiere hacer lo que sea conmigo, bienvenido sea
se trate de quien se trate,
porque
no soy más
que
una nuez vacía,
podrida
que jamás conocerá tierra fértil
para poder crecer de una forma u otra
el piso sigue sucio
lo voy a limpiar cuando amanezca
si es que no estoy muerto para entonces.
IV
oigo hielos que se rompen en un vaso que no es para mi
y a pesar de conocer el vidrio
nadie me ofrece un trago para matar esta acidez constante que significa estar vivo.
el vidrio es vulnerable, tanto como uno, casi.
acaparador de la extensión de la piel
cortador serial de labios vírgenes,
con el filo de las guadañas menos favoritas de la muerte sabe presentarse ante mi lengua
quitándome el habla
y nadie despliega sus manos por mi ayuda
nadie advierte el frío de una lengua sin sangre, de baba roja.
no he hablado durante meses, es por eso que nadie me invita un trago,
que nadie reconoce que no he dicho nada
nadie espera que diga algo, nadie espera que le diga que lo quiero,
nadie espera de mi parte el nacimiento de aquel mínimo gesto de aprecio que reside en la sinceridad mas fuerte de cada uno.
me he cubierto con mentiras a lo largo de estos años y un abrazo, por más falso que fuera, para mi hoy sería fatal.
sé que no puedo cargar los hombros de los demás con mis propias culpas,
pero es que, ay
si ya no puedo dar un paso sin asquearme de pena,
sin ver el camino que he recorrido con todas esas huellas chuecas, inseguras, imprecisas, que no me hacen nacer ni una mínima pizca de orgullo.
doy un trago de sangre, esto lo he traído yo, nadie me ha acercado su vaso.
el vidrio es débil, y ahora no hay un espejo que sepa contener mi reflejo y mostrarme la propia debilidad mía con la que cargo
(que además ya reconozco en mi intimidad, donde nadie puede dañarme salvo yo)
doy eructos de fatalidad, vómitos agrios de las cosas que siempre me repito antes de dormirme.
me limpio con la cortina de baño porque otra vez no he llegado al inodoro
hay una harta fila pidiendo mi salida
y yo solo quiero dormirme
sin antes repetirme de nuevo que no valgo nada, que esto que estoy haciendo ya no sé si tiene sentido alguno, que la noche cae siempre sobre mi
y no sé cuanto más pueda seguir aguantando su peso.
V
¿cómo empujar la rueda sin cegarla?
¿dónde guardar los ojos cuando ya no hay nada más que ver?
¿cómo terminar con lo que nunca quiso empezarse?
la necesidad de considerarse dígito,
a penas canto de grillo mutilado
saberse indecible,
intacto,
con la ropa transparente destrozada, aquella vergüenza con la que cargo
y mi cuerpo, que no es ya
sino la fábula que no deja enseñanza, sino miseria.
mis rostros, vulnerando los límites de la atracción
las leyes de la aquello que no debe pronunciarse.
¿cómo terminar con lo que nunca quiso empezarse?
no debo merodear en recovecos que no me pertenecen,
que no responden a mi llamado.
todo es aquello que haga falta,
las manos cubiertas de mentiras y deseos de insatisfacción,
soy un ahogado entre las cenizas un incendio que no fue.
VI
hoy llovió y no me enteré.
un choque en el departamento de abajo terminó por aniquilar mi sueño
una ambulancia atorada en el ascensor,
y veinte camilleros cayendo por el vacío.
un policía interroga a mi puerta a patadas.
yo lloro queriendo continuar mi sueño,
porque ahí no había nada que temer,
no existía la posibilidad de pensar en la efímera idea de la muerte, o en la idea de la muerte efímera, da lo mismo
no existía una sala velatoria en el hall de mi edificio,
una familia sin nada que perder porque ya había perdido todo
coronas de flores,
cinturones de espinas en los abdómenes de los condenados
y cuerpos maquillados según las tendencias de la temporadas pasada.
no era todo un ático de perversión y miedo,
bajo mi cama, despierto, hundo todo el temor que me he guardado estos años
aquel que sabe reventar en sueños (pero no lo digo).
nadie abraza a quien no se rie,
y yo no me rio porque el sol no se muestra hace decenios.
las temporadas de lluvias ya son demasiadas acumulándose entre los pocos días que restan de un calendario,
los cazadores de tormentas se han extinto
la luz se ha ido de mis ojos.
las plazas son edificaciones mortuorias para guardar a aquellos que ya no saben por qué mas sentirse apenados,
los árboles solo anudan sus ramas quebradas entre si esperando que un rezo colectivo les devuelva lo que la carencia les arrebató
los pájaros son solo refugios cadavéricos para las ratas que se encuentran prontas a apoderarse del mundo.
hoy llovió y no me enteré.
saben prevalecen aquellos que no ven más allá de si mismos,
lo sé porque hoy sigo de pie en mi ego.
el egoísmo de existir a cuesta de la tristeza de otros.
pero no quiero que sea así,
al menos, ahora no lo quiero, ya no lo quiero.
¿pero que puedo hacer?
si ya me he encontrado vacío, nadie quiere tocar un pecho desnudo que está frio, con los hombros apenados, aplastados de tanto empujar todas esas cosas que jamás quise decirle a nadie dentro de mi cama, nadie quiere tocar alguien que en los ojos solo tenga espinas, nadie quiere ver un par de ojos en los cuales ni la luna quiera reflejarse,
nadie quiere portar una cuota de anonimidad en el tacto,
nadie quiere saberse de los desconocidos, de los extraños
y yo hace tiempo que no me reconozco
reproduciendo para mi mismo aquel depósito por todo aquello que perdí y que jamás cobré,
el éxodo de la tragedia de mis palabras hacia su mirada
(perdón por todo)
VII
abandonos,
digo con confianza que de ahí venimos
de por ahí nacemos.
digo confianza como digo miedo, también
no hay realmente una seguridad para mi boca mal ensamblada, digo, es lo mismo gritar perdón
que decirte que
no quería
realmente hacer nada de eso
es decir, puedo gritar odio con la misma fuerza con la que me asfixio con una mano que no me pertenece
como hablarte al oído y decirte cuanto te quiero.
abandonos digo,
quizás de ahí es de donde venimos
de la falta, de la carencia, de las tierras con las malezas crecidas cortando nuestros piecitos sucios de tanto correr en círculos por no saber, por no pertenecer a nada, ni a nadie.
y digo abandonos como digo bostezos de no dormir por horas,
como digo cielos de aquellos (estos) nublados que no prometen más que llantos vespertinos
como digo temor a caminar, rechazo a afianzarme a un lugar que quizás no es mío.
digo abandonos como digo perdón, lo siento, no quise, no fue mi intención y como también digo que la verdad que no sé que estoy haciendo tratando de pedir perdón, no sé si a vos o a mi mismo, digo abandonos como digo pérdida de dirección del poema hablado, recitado, escrito o articulado con una re-organización de piezas de diarios que colectivamente hablan de mi sepelio, hace ya dos semanas.
digo abandonos como digo que me abandoné, como digo que te abandone, o como un pluralismo (nos/abandona/mos) ahí es donde quizás recae todo, donde quizás pienso que por eso mis dedos no dejaron de escribir desde que comencé a redactar este párrafo que no quiere llegar realmente a ningún lado, pero que mis oídos bien disfrutan el teclado chocando contra las yemas ampolladas de mis dedos, reventando líquido que no puede contenter ningún incendio, pero puede retrasar el llanto en el que posiblemente me termine ahogando mas tarde, después de bañarme, después de limpiar el suelo.
digo abandonos como digo suciedad, como veo la suciedad que tiene el piso, que quizás por eso no quiero caminar, que por eso no quiero ver más allá de mi ventana, o de mi alfombra escupida (ya seca) y solo en mis sueños más bellos esté yo solo, viendo pasar el tiempo en la misma silla, pudriéndose mi piel al compás de mi canción favorita.
digo abandonos como digo aprendizaje
y aprendizaje como una auto-realización, como eso de saberse en la insuficiencia, exactamente eso, si, decirse que uno no es capaz no es malo, es darse cuenta de cuanto uno puede poner el cuerpo hasta el principio de aquella sensación agónica que tanto nos eriza la piel al encontrarnos en un momento cerca de la muerte.
y si digo aprendizaje como digo abandonos,
en mi falta de tanto, en la carencia de la comprensión de uno mismo, del entendimiento del otro, de una voluntad para levantarse de la cama antes de que pasen las 20 horas seguidas
quiero decir que quizás tenerse tan presente puede ser peligroso, y no sé si quiero aprender algo de todo eso,
y nada más,
creo.
un torbellino dulce
de palabras sepultadas en los labios,
no debo hurgar entre lo seco,
entre lo árido,
apenas si tengo el tacto para oponer mi piel ante sombras.
desde el precipicio veo
ambos pies enterrados en el asfalto
cómo símbolo de conquista
o absoluta derrota.
ya no me veo reflejado en los rostros de vidrio,
las huellas de las manos se arrastran por lo que quedó de mis caderas.
fuimos el reflejo involuntario,
aquello que solo está permitido mostrar.
exhibición permanente.
el museo permanecerá cerrado por tiempo indefinido.
antes de que mis huesos besaran el ruido blanco
hospedé un silencio febril
en la parte baja de mi columna vertebral.
ahora el viento golpea todas las puertas
hasta aturdirme
y nadie puede entristecer las bisagras, ergo
nadie abre.
nadie sigue mis pasos.
nadie sabe guiarme por un camino que jamás recorrí
¿acaso las tormentas no sé preguntan por el suelo en el que se desangran?
la inmortalidad de lo arbitrario
se me han revocado las ansias de soñar,
se me han escapado las fuerzas para hacer latir manualmente el corazón.
mi epitafio rezaría:
nunca supo mirar más allá de un cielo hostil,
pero casi saboreó en el filo de sus dientes
un recuerdo agridulce a medio masticar.
la garganta cerrándose para no tragar
un cielo que muere por el horizonte diciéndonos que esta noche no nos pertenece.
Escrito con Lara
en retrospectiva,
¿quienes callaban
la extinción?
con mis pulmones alimenté de aire el fuego que terminó por aniquilar mi voluntad,
y hoy no tengo uñas con las que clavarme en tierra,
como tampoco hay tierra que sostenga las yemas podridas de mis dedos malogrados.
las manos mías que abrazaron los índices del derrumbe,
hoy son las manos que acribillan el cuello vencido de los difuntos pidiendo clemencia.
la piedad de los incrédulos,
la insensatez de querer hacer siempre lo mismo y no sufrir represalias.
sé donde estoy,
sé que es culpa mía
huí y abandoné
y ahora me encuentro donde dejé todo la última vez.
zona cero.
y con las horas que el tiempo rechazó
no he hecho más que repetir verbalmente las oscilaciones del ruido en mis tímpanos a punto de reventarse
abro mi boca lentamente,
mientras ruego por su clausura inmediata,
el hedor a la podredumbre del silencio que nace luego de un eco ya no me genera nada.
pero aún conservo horas de material proveniente de un circuito cerrado de cámaras que fue testigo del paso de nadie,
de la suciedad acumulándose en mi rostro
de la piel caída, resquebrajada, echa a un lado, enmarcada de cerámicos rotos que fueron alguna vez mosaico que fue alguna vez escenario de un sueño horrible del que desperté traspirado y con las sábanas colgándome del cuello.
y hoy solo delimito un pequeño espacio en lo que resta de mi alcoba aniquilada por el fuego que hice nacer con mi aire
(ese que hoy tanto me hace falta)
para ver en un televisor blanco y negro como fui pudriéndome en silencio, sin ayuda de nadie
para poder dormirme sintiéndome peor que ayer.
un hábito
es estarse cerca del fuego,
y atarse las venas como hilos para perder el miedo de caer a la nada.
las marcas agrietadas de la permanencia,
el sedentarismo de la incertidumbre.
mal nombrarse continuamente para perder las ataduras,
porque la memoria sabrá recompensar con nuestro lecho de muerte
pregonando significado que la maleza terminará por enterrar.
un hábito
es estarse cerca del fuego,
sabemos que el primer contacto siempre fracasa,
sepamos entonces valorar la importancia del espacio practicado
porque es el extraño quien pauta su propia itinerancia en el lugar,
somos nosotros los que decidimos cuando dar un paso al costado.
somos nosotros quienes lloramos nuestras derrotas
en pasajes donde nadie pueda ver los rostros nuestros marcados por el duelo,
la pérdida, la falta,
la carencia en la lejanía
¿qué tanto tengo?
¿qué tanto puedo dar?
mis nudillos se hartan de frustración,
mis muelas cariadas despedazan las comisuras de mi lengua.
no sé respirar otro aire que no sea aquel que está enfermo.
¿como escribir lo que sucede abajo?
¿como escribir lo que sucede afuera?
no rehúsen el afecto,
no quieran enterrarse en el otro,
no acallen las voces que gritan desde sus vísceras más negras.
no hay tregua para el ardor de las pieles mas sensibles más allá de la negación.
esto no está pasando.
esto no está pasando.
esto no está pasando.
hay quienes se repiten en la idea de la esperanza
hay quienes ignoran la putrefacción de su carne
hay quienes ya se han ahogado en el río.
esto no está pasando.
hay quienes solo encuentran el fuego apagado,
el hábito malogrado.
el declive de los costumbrismos.
el shock de darse cuenta que nada es para siempre.