entreabierto en una herida, se abre el pecho,
el pulmón, respira pureza;
ahogándose de tanto aire,
y la pérdida en la sangre,
tiñendo tanto a la tierra como al cielo,
agraciará de vida,
pero tanteando la lejanía,
se atisbará la construcción de un miedo,
la huida del recuerdo;
y la serenidad,
de nuevo,
el desmemoriado ante el olvido, serenará su ceño,
y enfundará su ser en un terror sereno,
dibujándose a si mismo en el espejo,
en el que la reiteración de sus días, se transcribirá;
y pretenderá reflejarse,
lentamente borrándose,
junto al juicio de aquel hombre careciente de vestigio,
que terminará su peregrinaje terrestrial,
abrazado a la desequilibrada agonía,
que tanto lo aqueja, y lo hace vivir acorde a lo que ven sus ojos;
pero el lapso antes del óbito,
habrá de tentar a los peldaños mas viejos a guardar el quejido,
de su madera podrida;
así se habrá de oír el alboroto del silencio,
y aquella cofradía,
de seres que cobijados en aquel rumor;
con el filo de su metal,
verdugos serán de ellos mismos;
distarán de lo íntimo,
y su sangre se secará,
en el recuerdo pronto a extinguirse,
de aquel ser;
pero aquel rumor, adjudicándose las muertes de aquellos pobres incautos,
junto a sus pulmones,
ahogados de tanto aire respirado,
habrán de crear ámbar de los restos memoriales,
de su conífera vestigial,
el bosque mental se teñirá de miel,
y el recuerdo será sangre,
el ceño, así,
no habrá de serenarse;
y el desmemoriado, a lo lejos,
furioso en pena, arrojará sus lágrimas al suelo,
con las que la maleza hará crecer un odio;
que en su punto justo, será el filo,
que atravesará el pecho del aquejado ser,
respirará su pulmón hasta ahogarse,
y en el crepúsculo vespertino,
el corazón delatará su último latir;
y el recobro de la memoria,
solo habrá vuelto a aquel desmemoriado,
sangre,
y así,
en su mente,
un recuerdo;
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